Las noches porteñas durante
septiembre tienen un feliz ingrediente en Paita: el reencuentro con la
venerada imagen de nuestra Señora de las Mercedes. Un mar humano de
fieles se desborda tras las andas de argento en la que con una belleza
espléndida marcha acompañada de sus hijos esta chinita de mirada
risueña.
Las historias se entrecruzan
para explicar su origen. Dicen que vino de Barcelona con los primeros
mercedarios que llegaron al Perú junto a Miguel de Orenes que acompañó a
la hueste perulera de Pizarro. Pocos conocen que el venerable don Pedro
Urraca oró a sus pies en la ocasión que desde Lima viajó hasta Paita
para recibir al Virrey Príncipe de Esquilaeche. Y fue entre los arenales
calenturientos que el celebre Pedro Urraca debutó haciendo milagros.
Dice la crónica que el Virrey había extraviado un diamante de sus
tesoros en plenos arenales y que a causa de ello perdió la paciencia
ordenando que todo su séquito incluyendo a los negros buscaran entre los
arenales la piedra precisoa sin éxito. Vino el manso y apacible don
Pedro y en un santiamén devolvió al aturdido Virrey su alhaja.
Otros entre los que cuento a mis propios abuelos hablan de dos cajones
misteriosos enviados por Carlos V de España uno con la venerada imagen
del Carmen para Paita y la imagen de la Merced para Piura. Pero dicen
que un capricho de amor de la Mechita hizo que se quedara en Paita
acompañando durante más de cuatro siglos a los paiteños. Otros relatos
hablan de las crueldades que perpetraron los piratas en Paita. Drake,
Anson, Hawkins desolaron Paita y destruida la Iglesia. Anson se la llevó
a su bajel como trofeo de guerra y sintiendo que el mar de Paita se
enfureció el instante le propino un sablazo sobre el cuello del que manó
milagrosamente sangre. Preso de ira el corsario la arrojó al mar en
donde fue encontrada por unos indios pescadores que la llevaron al atrio
del templo calcinado.
Poco
porteños conocen que los exámenes de la Escuela Náutica creada por
Gamarra daban examen en el viejo templo mercedario. De ella se despedían
desde la proa todos los navegantes que hincados a sus pies le invocaban
protección. Pocos conocen que las gigantescas conchas empleadas como
pilas de agua bendita, que aún se conservan en el templo, son una rareza
biológica. Ser trata de taclovos bivalvos de los que en el mundo sólo
existen dos ejemplares. Las que se conservan en Paita. Otra en Notra
Dame en París pero sólo existe una de las gigantescas valvas. Cuando
visitaba Paita el sabio La Condamine, que las midió y pesó, propuso un
negocio sacrílego a los cofrades de la Virgen: el pagarle su peso en
piezas de plata. Pero los paiteños se resistieron a este profano negocio
y aún las conservan como memoria de un milagro de la Virgen a un
naufragio en los mares ignotos.
Noticias totalmente desconocidas son las que dan cuenta de doña Manolita
Sáenz como devota y cofrade de la Virgen paiteña. Ella con sus comadres
entre las que estaban las Benites, las Castillo Orejuela entre otras
indias y zambas se encargaban de vestir y alumbrar la preciosa imagen en
su festividad y con motivo del recuerdo de las gestas de la
Independencia. Muchas de sus alhajas fueron entregadas a Cochrane
sirvieron como contribución a la libertad de la patria.
Conocidos de Cochrane eran los hermanos Cárcamo, los Noel, Aguirre,
Lastra, y Chanavá entre muchos otros diestros marineros. Doña Manolita
en carta dirigida a su compadre el General don Juan José Flores pidió le
enviasen desde Quito un “niñito Dios” un “Quitiño” para que estuviera a
los pies de su madre. Este niñito tallado en Quito donado por la Sáenz
se conserva aún pero no acompaña como ayer en su camerino a la Mechita.
Ojalá que tal preciosa reliquia ocupe su lugar a los pies de la Virgen y
no sea una pieza de museo. Tal niñito tiene un doble significado no sólo
por ser una ofrenda de la Libertadora del Libertador sino porque entraña
la misma ternura que reclama un hijo por estar cerca de su madre.
He visto con lealtad conmovedora a estos peregrinos con címbalos y
tamboriles pedirle a viva: “ Virgen Santa que todo los puedes...Virgen
de las Mercedes rogad por mí”. Otros con los brazos costrados se
arrastraban por el suelo. Otros con ojos llorosos le piden milagros. No
les importa el frío de las losas de la Plaza de Armas porque la Iglesia
está cerrada y tienen que soportar la brisa y el hielo de la calle. No
les importa la fatiga, ni la caminata porque su madre los espera. Y la
madre que debe tener el corazón dulce como los alfeñiques y los
bocadillos los espera a todos. Esta es una primavera en la que renace la
fe de nuestros mayores pero también de jóvenes conversos que le dirigen
la mirada. Anoche estuve en Paita no pude sustraerme a este río debocado
de recuerdos.
Alguna vez doña
María Rostworowski nos explicó que estas mamachas andinas que veneran
con fervor los pueblos tienen forma de cerro y son una mimesis del culto
a la tierra. Anne Marie Hocquenghem está convencida que los antiguos
paiteños veneraban a la luna que en las noches de plenilunio resplandace
como si se contemplara en un espejo en las orillas risueñas del Toril.
Esta devoción lunar se relaciona con la venerada Virgen paiteña. Tiene
los ojos almendrados y como sostenía don Vicente Rodríguez Casado
probablemente fue esculpida por artistas de la ruta de las Filipinas.
Otros dicen que fueron maestros quiteños que fijaron en su mirada la
belleza de las mujeres porteñas. Nuevamente he contemplado su mirada y
he comprendido con gratitud emocionada que una madre tiene siempre el
corazón inconmensurable como la turquesa del océano. (Piura,26 de
septiembre del 2005)