El Regional de Piura:
27 de mayo del 2006
Podría decirse, a menos que a los jefes de campaña no se les ocurra
explotar una bomba atómica, que el colmo de la novela protagonizada por
Alan y Ollanta, fue el tiroteo del Cusco, que dejó como consecuencia:
contusos, heridos de bala, y muchos insultados.
Y les parecerá estúpido lo que diré, pero las víctimas de insulto son
más numerosas que las de bala, huevazos, tomatazos, y nadie ha reparado
en ello. Bueno, sí lo han hecho pero muy tímidamente y fuera del horario
de protección al menor.
La política de Unión por el Perú es, definitivamente, la de Julieta
Venegas (la cantante alternativa mexicana, pues), o sea “andar conmigo,
ohhh”; de lo contrario, se aplica la política Olga Tañón (la merenguera
borícua, pues), o sea, “es mentiroso ese hombre, es mentiroooooso”.
Esos extremos se expresan en dejar tranquilo al sujeto cuando alaba al
‘Comandante’ (o a Nadine, más efectivo), y cuando se le ocurre oponerse,
aunque sea un milímetro, es tratado de hijo de p*** para abajo (ah, ese
es el buen Abugattás). Lo peor de todo es que los medios recogen todo
eso, y los compadres estos salen a decir que todo es un invento.
Me hace recordar al niño que le dice a su madre que no se comió el
chocolate, cuando tiene la boca embadurnada con la golosina. Un
nacionalista diría: “me lo hicieron comer”, o en el peor de los casos,
“él se lo comió”, cuando no hay ningún ‘él’.
Pero la cosa no se queda así. Parece que cuando la mentira queda
descubierta, o la derrota es un hecho, esta gente echa mano fácil del
insulto para defenderse. No importa quien caiga, pobre del tirio o
troyano que se les cruce en el camino.
El insulto más inocente es decir que uno representa a la derecha (en mi
caso, replicaría: “tienes razón, soy diestro”) o a los ricos del Perú.
Jamás superaron el complejo del clasismo, aunque muchos de ellos ganan
sueldos que serían la envidia de cualquier reservista.
El fundamento de este tipo de reacciones, en la lógica de quienes lo
promueven, es la creencia de que quien más ofende es quien tiene la
razón, aunque diga las cosas más descabelladas o inverosímiles.
Es algo que arrastramos desde el colegio con su absurdo sistema de
respeto a la autoridad (y que subsiste, si no que hablen las promos y
pre-promos), se usa en las discusiones familiares para ‘controlar
situaciones’, se emplea para ‘demostrar supremacía’ en el grupo de
amigos o vecinos. Es un “arma” para obtener “poder”.
Y el insulto termina otorgando poder, pero el poder de impedir la
transparencia, el debate (el simple, no el televisado), la rendición de
cuentas (¿Isaías?), el pedido y el reclamo. Entonces, termina siendo
motor, catalizador y freno. No hay democracia que valga en ese esquema;
de hecho, no hay democracia.
Tarde o temprano, el insulto revierte contra su promotor, y no de forma
similar, sino por otros medios más contundentes y objetivos, que
terminan poniendo en evidencia que todo no fue más que una indebida
alharaca.
Humala representa la institucionalización del insulto al más alto nivel,
algo que, se supone, habíamos sepultado con la salida de Fujimori,
cuando se solía hacer lo mismo como “los enemigos del régimen”.
Y el problema radica en que, a veces, nosotros también echamos mano de
ello para ‘imponernos’. Como consecuencia, el ejemplo que dejamos a
niños y jóvenes es que quien grita más, gana… aunque no se tenga la
razón.
Algo de tolerancia, prudencia e inteligencia puede solucionar las cosas.
Creo que pido mucho… |