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El click apasionado de Aldo Cango

Por: Miguel Godos Curay
El Regional de Piura: 10 de abril del 2007

Aldo Cango Seminario es una institución del reporterismo piurano. Desde sus inicios estuvo ligado al periodismo y recuerda con orgullo haber sido tipógrafo de “ El Tiempo” y la “La Tribuna” vocero aprista de Piura. Se hizo fotógrafo gracias a la escuela piurana de Arturo Davies Guaylupo quien le mostró los secretos de este arte apasionado y apasionante. Lo hizo reportero la vida. Admira con profunda devoción a Haya de la Torre cuya efigie lleva en la billetera como un recuerdo indeleble. Por eso en 1979, peregrinó a Trujillo para cubrir el último adiós a Víctor Raúl. Con su proverbial figura y su humanidad extraordinaria conoce, palmo a palmo, la tierra piurana. Desde los arenales calenturientos de Sechura hasta las escarpadas cordilleras de Huancabamba. Con él y Ronald Coloma estuvimos en Las Huaringas. Subimos a lomo de mula por cerros resbalosos bajo la lluvia. En otra ocasión bajo la intensa llovizna serrana acompañamos la procesión del Cautivo de Ayabaca. En 1983 no hubo territorio desolado por las quebradas o pueblo sumergido bajo las aguas que no hayamos recorrido.

Memorable fue aquella ocasión en que recorriendo los “pueblos jóvenes” de Piura escuchó decir a Haya: “Estos no son pueblos jóvenes sino pueblos jodidos porque no tienen ni agua, ni energía”. A Alan García lo conoció cuando era un mozallón de verbo encandilador y brillante a quien brindó sus ingeniosos consejos en pleno diluvio el 83: “Compañero no se le ocurra ir en auto a Piura, camine, ensúciese los zapatos, pise el barro, vea usted en vivo y en directo el sufrimiento de los piuranos”. García lo escuchó y lo que era una marcha de cuatro gatos saltando entre las charcas se convirtió en una compacta multitud al llegar a la Plaza de Armas. Desde los ventanales del Hotel de Turistas Manuel Ulloa contemplaba atónito la marcha.

De su ingenio fue también esa primera plana de Correo tras la toma de la Catedral de Piura por los universitarios de la UNP en donde tras el hallazgo de prendas íntimas secándose en los candelabros de los altares el Padre Arízaga firmó su testimonial retirando la denuncia. Entonces tras dejar la impresión de sus huellas dactilares pidió a los efectivos de la PIP ( Policía de Investigaciones del Perú) agua y jabón para el padrecito. La primera plana al día siguiente decía: “Se lavó las manos como Pilatos”. En otra ocasión persuadió para una placa a un parroquiano que con un tigrillo recorría el mercado: El “Tarzán piurano”, de la primera plana de Correo, resultó un prófugo de la Colonia Penal El Sepa. Otra de sus pasiones inextinguibles es el Atlético Grau y Juan Seminario miembro de la bíblica estirpe piurana.

Los internos del entonces penal de Castilla le encomendaban menudas tareas: medicina para el botiquín, causas imposibles como la del serranito que hablaba quechua purgando larga pena por haber silbado a una blanquita. La campaña periodística se libró ante los tribunales pero el día que recobró su libertad el insólito personaje pidió que lo dejaran en el penal pues en la ciudad no conocía a nadie. Sus gestos nobles e irrepetibles se suman por cientos. El periodismo y los dramas cotidianos forjaron su gran corazón profundamente humano. Algunas veces sus pupilas se llenaron de lágrimas porque la vida es comedia y tragedia a la vez. Nadie como él para acicatear a los periodistas jóvenes a buscar una genuina primicia. “Periodista de la docena ni de vainas”, repetía. “Piurano que no sienta en su conciencia la grandeza moral de Grau no es piurano”.

Aldo Cango tiene un elevado sentido de la familia y el hogar, de los hijos. De la amistad y la lealtad. De la garra deportiva y de la camiseta bien puesta por su diario. Su paso por Correo es un capítulo aún no escrito de una novela hilvanada de recuerdos, de alegrías y tristezas, de anécdotas, de momentos felices, de épicas y apasionadas batallas con el papel y la tinta. Algunas veces quienes lo escuchaban rezar en voz alta en el laboratorio admiraban su profunda devoción. Pero se quedan estupefactos cuando descubrían que esta era una fórmula vocal para controlar con precisión el tiempo de revelado y se carcajeaban a mandíbula batiente.

En el estadio Aldo Cango era un partido aparte pues con adrenalina y con pasión vivía la emoción de un buen match. Es una historia aparte. En otra ocasión vio partir desde el Aeropuerto de Piura a la selva en vísperas de Navidad al jesuita Romeo Luna Víctoria y a un grupo de jóvenes piuranos. Canguito logró la última foto pues la nave se siniestró horas después en plena selva. Aldo Cango y su click apasionante son parte de una sublime identidad entre la pupila y la cámara fotográfica que detiene el tiempo para la inmortalidad.

 

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