El Regional de Piura:
10 de abril del 2007
Aldo Cango Seminario es una institución del reporterismo piurano. Desde
sus inicios estuvo ligado al periodismo y recuerda con orgullo haber
sido tipógrafo de “ El Tiempo” y la “La Tribuna” vocero aprista de
Piura. Se hizo fotógrafo gracias a la escuela piurana de Arturo Davies
Guaylupo quien le mostró los secretos de este arte apasionado y
apasionante. Lo hizo reportero la vida. Admira con profunda devoción a
Haya de la Torre cuya efigie lleva en la billetera como un recuerdo
indeleble. Por eso en 1979, peregrinó a Trujillo para cubrir el último
adiós a Víctor Raúl. Con su proverbial figura y su humanidad
extraordinaria conoce, palmo a palmo, la tierra piurana. Desde los
arenales calenturientos de Sechura hasta las escarpadas cordilleras de
Huancabamba. Con él y Ronald Coloma estuvimos en Las Huaringas. Subimos
a lomo de mula por cerros resbalosos bajo la lluvia. En otra ocasión
bajo la intensa llovizna serrana acompañamos la procesión del Cautivo de
Ayabaca. En 1983 no hubo territorio desolado por las quebradas o pueblo
sumergido bajo las aguas que no hayamos recorrido.
Memorable fue aquella ocasión en que recorriendo los “pueblos jóvenes”
de Piura escuchó decir a Haya: “Estos no son pueblos jóvenes sino
pueblos jodidos porque no tienen ni agua, ni energía”. A Alan García lo
conoció cuando era un mozallón de verbo encandilador y brillante a quien
brindó sus ingeniosos consejos en pleno diluvio el 83: “Compañero no se
le ocurra ir en auto a Piura, camine, ensúciese los zapatos, pise el
barro, vea usted en vivo y en directo el sufrimiento de los piuranos”.
García lo escuchó y lo que era una marcha de cuatro gatos saltando entre
las charcas se convirtió en una compacta multitud al llegar a la Plaza
de Armas. Desde los ventanales del Hotel de Turistas Manuel Ulloa
contemplaba atónito la marcha.
De su ingenio fue también esa primera plana de Correo tras la toma de la
Catedral de Piura por los universitarios de la UNP en donde tras el
hallazgo de prendas íntimas secándose en los candelabros de los altares
el Padre Arízaga firmó su testimonial retirando la denuncia. Entonces
tras dejar la impresión de sus huellas dactilares pidió a los efectivos
de la PIP ( Policía de Investigaciones del Perú) agua y jabón para el
padrecito. La primera plana al día siguiente decía: “Se lavó las manos
como Pilatos”. En otra ocasión persuadió para una placa a un parroquiano
que con un tigrillo recorría el mercado: El “Tarzán piurano”, de la
primera plana de Correo, resultó un prófugo de la Colonia Penal El Sepa.
Otra de sus pasiones inextinguibles es el Atlético Grau y Juan Seminario
miembro de la bíblica estirpe piurana.
Los internos del entonces penal de Castilla le encomendaban menudas
tareas: medicina para el botiquín, causas imposibles como la del
serranito que hablaba quechua purgando larga pena por haber silbado a
una blanquita. La campaña periodística se libró ante los tribunales pero
el día que recobró su libertad el insólito personaje pidió que lo
dejaran en el penal pues en la ciudad no conocía a nadie. Sus gestos
nobles e irrepetibles se suman por cientos. El periodismo y los dramas
cotidianos forjaron su gran corazón profundamente humano. Algunas veces
sus pupilas se llenaron de lágrimas porque la vida es comedia y tragedia
a la vez. Nadie como él para acicatear a los periodistas jóvenes a
buscar una genuina primicia. “Periodista de la docena ni de vainas”,
repetía. “Piurano que no sienta en su conciencia la grandeza moral de
Grau no es piurano”.
Aldo Cango tiene un elevado sentido de la familia y el hogar, de los
hijos. De la amistad y la lealtad. De la garra deportiva y de la
camiseta bien puesta por su diario. Su paso por Correo es un capítulo
aún no escrito de una novela hilvanada de recuerdos, de alegrías y
tristezas, de anécdotas, de momentos felices, de épicas y apasionadas
batallas con el papel y la tinta. Algunas veces quienes lo escuchaban
rezar en voz alta en el laboratorio admiraban su profunda devoción. Pero
se quedan estupefactos cuando descubrían que esta era una fórmula vocal
para controlar con precisión el tiempo de revelado y se carcajeaban a
mandíbula batiente.
En el estadio Aldo Cango era un partido aparte pues con adrenalina y con
pasión vivía la emoción de un buen match. Es una historia aparte. En
otra ocasión vio partir desde el Aeropuerto de Piura a la selva en
vísperas de Navidad al jesuita Romeo Luna Víctoria y a un grupo de
jóvenes piuranos. Canguito logró la última foto pues la nave se
siniestró horas después en plena selva. Aldo Cango y su click
apasionante son parte de una sublime identidad entre la pupila y la
cámara fotográfica que detiene el tiempo para la inmortalidad. |