El Regional de Piura:
29 de abril del 2007
La universidad forma a los escogidos y escoge a los formados para las
tareas de conducción de la sociedad. Como en la vida, en la universidad,
se aplica un natural proceso de selección en el que permanecen y llegan
a final de carrera aquellos que por sus cualidades intelectuales y
humanas meritoriamente cumplen con las exigencias académicas. Los que no
se quedan a medio del camino con pocas posibilidades de un desempeño
laboral exitoso. Resulta por ello una falacia y una afirmación
descabellada el sostener que el examen de admisión decide el futuro y la
calidad profesional de un estudiante. El examen de admisión es un
referente no una prueba concluyente de potencialidades humanas.
El examen de admisión es una medida del aprendizaje memorista y
perentorio de destrezas lingüísticas y matemáticas aplicadas a una
circunstancia de forzoso stress competitivo. Finalmente no prueba de
ningún modo disciplina intelectual, ni garantiza que el estudiante que
devora de memoria los balotarios de preguntas de los centros de
preparación pre universitaria sea una criatura dotada para la gran
abstracción matemática o la lectura comprensiva. Simplemente demuestra
lo que es capaz de repetir un loro escolar.
Los exámenes de admisión fomentan los negocios prósperos de las
academias y centros de preparación. La disparatada formación que se
imparte no deja de ser un ejercicio destinado al olvido y fracaso
intelectual. La mayor parte de los jóvenes que acceden a la universidad
requiere iniciar una tarea formativa personal intensa. El cachimbo
universitario tiene que disipar ese sentido colegial con el que perdió
el tiempo en la secundaria. Uno de los errores de nuestra educación
precisamente es el creer que los programas escolares se remiten a tareas
específicas que no guardan relación alguna con la vida ni con las
posibilidades de su aplicación posterior. Hemos perdido de vista que
todo proceso de aprendizaje importa competencias que incluyen:
conocimientos, comprensión y habilidades que se espera que el estudiante
logre dominar, comprender y demostrar al completar su proceso de
aprendizaje. Ninguno de estos propósitos se cumple realmente. En quinto
de secundaria preocupa más a los estudiantes el baile de promoción.
Así pensamos que las tablas de sumar y multiplicar se acabaron en el 12
y que todo proceso educativo sólo se realiza en la incomodidad y el
hacinamiento de un aula. Preferimos la geografía del mapa que la
realidad misma. Perdemos el tiempo repitiendo historias ajenas sin
conocer la nuestra. En educación religiosa muchos alumnos piensan que
Dios habita en su casa y no en todo lugar y que para comunicarse con él
hay que hacer uso de una fórmula mágica oral antes que una espontánea,
sincera, amable y genuina comunicación.
Podemos sumar en esta escuela de desencantos a los apologetas de los
cursos de defensa nacional que ignoran los estornudos de la economía
global y a los defensores de la ritualidad (fascista y nazi) de los
desfiles escolares. Con este tipo de educación vivimos en la “sociedad
del conocimiento” perpetuando la incapacidad y la indigencia humana.
Nuestra educación marcha en sentido contrario a las dinámicas económicas
del desarrollo. Prueba de ellos somos nosotros mismos: Seis
universidades en funcionamiento y una incapacidad enorme para mantener
limpia y ordenada la ciudad. Don Simón Rodríguez, al maestro de Bolívar,
postulaba a una educación que no estire los engaños y que permita a las
personas ser dueñas de sí mismas para que nadie, absolutamente nadie,
les compre la conciencia. |