El Regional de Piura:
01 de julio del 2007
Que
las universidades públicas del Perú estén paralizadas de huelga
exigiendo la justa homologación de sus docentes no es un asunto que
conmueve al gobierno. Más importan los sueños de blindaje legal de una
sórdida rata callejera como Fujimori. O los siete poderes ocultos de un
felón en las sombras como Agustín Mantilla. La presurosa firma del TLC,
o la espectacular caridad del Presidente García en el gélido sur andino.
Que la universidad se paralice no es un asunto que conmueva la
sensibilidad de un congreso carcomido por la ineptitud humana. Que un
maestro universitario tenga una remuneración digna como ordena la
Constitución es letra muerta.
Un catedrático como Hipólito Unanue, ilustrado y erudito disponía de una
biblioteca con aproximadamente mil 476 tomos en donde menudeaban textos
en griego, latín, francés, inglés, italiano. Sin Internet, en pleno
siglo XIX, Unanue había releído “El Quijote”, a Newton y Descartes,
Cuvier, los viajes de Humboldt, “El Espíritu de las Leyes” de
Montesquieu y un folletón como el que da cuenta de las “Costumbres y
frases del Perú de ahora a cuarenta años”. Hoy un catedrático
universitario con biblioteca personal y libros abundantes es una especie
rara. Las estadísticas de compras de libros, en universidades, son
desoladoras a consecuencia de la precariedad de los sueldos. Realmente
pueden contarse con los dedos de la mano a los que han leído El Quijote
o Cien años de Soledad de García Márquez. Hoy no faltan los que adoran a
un lenguaraz como Miguel Ángel Cornejo y los que adquieren conocimiento
en ediciones piratas.
Las investigaciones demuestran no sólo la escasa lectura en la lengua
propia. Casi nada de la producción reciente en inglés, francés o alemán.
Esta pobreza intelectual es extensiva a muchos de los rectores de la
actual universidad peruana. Lo que confirma el deterioro de la situación
económica del docente universitario. Comprar una computadora personal
puede comprometer el ingreso familiar a no ser de un esfuerzo
imaginativo de subsistencia. En tiempos de Raúl Porras docentes y
alumnos concurrían a la universidad con saco y corbata. Con lo que gana
hoy un catedrático con las justas alcanza para una muda solemne anual.
Muchos catedráticos capitalinos optan para guardar las apariencias con
buen casimir de la cachina.
Esto explica también el pluriempleo del docente universitario que para
mejorar sus ingresos concurre como a monte de piedad a las universidades
privadas en donde por 17 a 25 soles , satisface el afán mercantil de una
hora de clase pedagógica ( de 45 minutos) en estos establecimientos
académicos cuya calidad provoca muchos reparos. Otros apuntalan sus
posibilidades de ingresos haciendo dignamente lo que mejor saben hacer.
Una encuesta realizada por la Universidad de Lima a pedido de la ANR en
el 2004, a personas entre los 18 a 70 años, reveló que la gente valora
el papel de la universidad, su credibilidad como institución, pero
advierte también que necesita reformas y mejoras económicas para que
cumpla mejor sus funciones. La universidad es necesaria tiene
credibilidad pero requiere una atención del gobierno más allá que la
promulgación de una nueva Ley Universitaria.
Una revelación de la encuesta fue el desacuerdo con la creación de
nuevas universidades (68.5%) y la necesidad de clausurar todas aquellas
que no logren un nivel académico adecuado. Respecto a los progresos de
la universidad pública en los últimos cinco años las opiniones fueron
las siguientes: Ha mejorado 14.8%, han empeorado 16.9%, se han mantenido
igual 60.9% y No sabe 7.5%. Con relaciones a los problemas de las
universidades públicas se priorizaron los siguientes: Infraestructura
27.0%, tecnología 18.1 %, organización 14.5%, los docentes 10.2%, el
plan de estudios 7.1%, exceso de universidades 4.9%, investigación 4.1%,
visión de futuro 3.7%, pensiones 2.9% otros 1.5 %. No sabe 6.0%.
Para Augusto Salzar Bondy, una universidad ajustada a los requerimientos
de un país como el Perú, tiene que cumplir dos objetivos esenciales: El
ser un prestigiado instituto científico y el vincular sus esfuerzos al
desarrollo nacional. Esto puede interpretarse como una mejor vinculación
con la inversión y con los gobiernos regionales cuyo rumbo clientelista
no perfila mejor una concepción de desarrollo humano con expansión de
libertades. Tampoco nos hemos detenido a preguntar: ¿Qué quiere el
Estado de las universidades?. Aquí son dos las alternativas posibles:
perpetuar la pobreza con su correlato de ignorancia y de miseria o por
el contrario fortalecerla en su tarea de educación permanente y continua
para bien de la nación. |