El Regional de Piura:
12 de noviembre del 2007
Esta semana que pasó recorrí escuelas en la sierra y en la costa. En
Santo Domingo de Morropón visite los colegios Agropecuario “Mauro
Giraldo Romero” y el San Juan. En donde un sentido de competencia
acompaña las mejoras del desempeño educativo. No sólo se trata de
acondicionar museos y añadirle arrumacos distintivos a los uniformes
para construir diferencias. Equipar la banda de músicos o fomentar
reñidas competencias deportivas o lucimientos en desfiles escolares.
Sino también de mejorar la calidad formativa en las aulas contra el
hacinamiento que es nota característica de la escuela urbana. En la
serranía las aulas son cómodas y confortables como para una educación
esmerada en óptimas condiciones en las que los maestros pueden desplegar
sus mejores energías.
También recorrí las escuelas de Sechura en donde sobra el sentido de
identidad cultural y pertenencia. Aquí los estudiantes no necesitan de
profesores de danza porque todo lo aprenden de la cultura viva y
tradiciones de sus pueblos. Cada comparsa pícara tiene el ingrediente de
ligazón con lo local y propio por encima de los artificios y la
imitación descarada de lo que propone impunemente la televisión. Se
trata de escuelas con raíz en el pasado y con una luminosa visión del
presente.
Finalmente recalé en el colegio San Miguel, Alma Mater de Piura, en
donde concurrí a los talleres de periodismo escolar. San Miguel requiere
de una decidida apuesta del gobierno regional, el municipio y el
empresariado. Requiere con urgencia la gratitud de quienes se formaron
en sus aulas. Por supuesto existe en su plana docente madera para las
grandes iniciativas pero hace falta esa garra que sobra en los colegios
de la sierra y ese identidad de la escuelas sechuranas.
Mientras en algunas escuelas privadas la imitación de lo que no nos es
propio es una forma pervertida de aproximación a la modernidad. En estas
escuelas sin proponérselo han encontrado sentido de búsqueda y
encuentro. Personalmente estoy convencido de la improductividad humana
de los desfiles y la imitación desconcertante de la disciplina militar
autoritaria y vertical que debería dar paso a un trato humano digno y
decoroso. Aplaudimos esos esfuerzos voluntariosos por el cultivo de las
matemáticas y las ciencias, el aprecio por el idioma y el análisis
crítico de la historia y el cultivo del deporte que alienta la
competencia y el mejoramiento humano.
Indudablemente que los artífices de cualquier proyecto educativo
sostenible y valioso son los docentes. No son esas fórmulas abundantes
en esos recetarios de contenidos que nunca se aplican ni se cumplen. Ni
esos programas que colocan cortapisas a la expansión del conocimiento.
No podemos aspirar a calidad en la educación de espaldas a la realidad.
La calidad es una respuesta de la conciencia que se apodera del entorno
en un esfuerzo de comprensión humano intenso. Un maestro que no
despierta curiosidad por el aprendizaje activo está condenado al fracaso
como generador de experiencias humanas nuevas en sus alumnos. Un maestro
que no valora la crítica como un impulso de mejora y la ejercita de modo
constructivo no progresa y por el contrario retarda el impulso creativo
inherente al acto educativo.
La tragedia de nuestra educación son los memorismos poco inteligentes y
la falta de creatividad para simplificar la enseñanza de los procesos
complicados. Realmente en nuestra escuela se administra el miedo y el
temor. Muchas veces son los propios maestros que se resisten a
desaprender y entender que el conocimiento está en permanente cambio y
ese mudar de piel nos es atributo propio. Como dice el aforismo: es
mejor no saber que saber la verdad a medias. |