El Regional de Piura:
10 de junio 2008
El pasado viernes fue encontrado su cuerpo en el río Piura. Unos
trajinantes de los que merodean por las orillas la vieron flotando panza
arriba y presumiendo que se trataba de un “vaquicidio” llamaron
inmediatamente al Secom. Los efectivos, que disfrutan de la
espectacularidad periodística, se movilizaron inmediatamente y
rescataron, con mucho esfuerzo, el cuerpo hinchado de la res que flotaba
en las aguas. Para colocar la media tonelada de carne de la difunta en
la camioneta fue necesaria una cuadrilla de vigilantes los que para
cumplir con su tarea no tuvieron otra ocurrencia feliz que la de cerrar
el tránsito por el puente Cáceres más de dos horas. No era para manos.
Así tras la congestión vehicular, los persistentes cláxones y las
protestas de los conductores con frases irreproducibles y con mucho
sudor se puso a buen recaudo el cuerpo del animal. Pronto todo Piura se
enteró de este inusual acontecimiento. Aquí, es una presunción, las
vacas la pasan bien y las dedicadas a producir leche, como en la vieja
canción que dice. “tengo una vaca lechera…no es un vaca cualquiera”
viven felices. Quienes viven en constante peligro son los asnos y sus
parientes equinos que son convertidos en carne de parrilla o carne
molida para las hamburguesas que consumen los piuranos.
Muchos de los curiosos señalaron que se trataba de una vaca buena moza,
de anchas y apetecibles ancas. Algunos románticos imaginaron que podría
llamarse: Susanita, o Clarabella, Chabelita, Goya o Pelusita. En sus
ojos había un invisible halo de serenidad producto de la muerte. No se
negó la posibilidad de un suicidio utilizando la cuerda que la ataba. El
parte indica que no pudo ser identificada. Los matarifes clandestinos,
esa plaga de sicarios mata burros, se pasaron la voz y deseaban
apasionadamente arrancarle la piel y convertirla en bistec en el
mercado. Otros en mototaxi siguieron el vehiculo municipal en pos de los
miserables despojos. Incluso se rumoreó que estaban dispuestos a pagar
en contante y sonante por el cadáver de la señorona.
Elaborar el parte, sobre el macabro hallazgo, demandó para el Secom
bastante tiempo. Algunos especularon que podría tratarse de un suicidio
producto de una decepción amorosa o un invencible ataque de celos. Un
torito pintado la dejó plantada tras una furtiva relación sentimental.
Otros sostuvieron que se trata de la angustia existencial propia de la
edad de las dudas metafísicas. No era una vaquita pobre de ubres resecas
sino una vaca bien alimentada como regidora municipal, probablemente,
arrastrada por la corriente mientras se refrescaba en las aguas del
Piura. Esta hipótesis fue descartada porque nadie, en su sano juicio se
baña cuando hace frío.
Definitivamente no se trataba de una “vaca loca” de esas para el
jolgorio pueblerino. Sino de una criatura a la que se había despojado la
felicidad de retozar por los campos. De su propietario también se
barajaron una serie de posibilidades. Probablemente era vecina de Los
Ejidos, o calló a las aguas cuando transitaba por estos canales sin
protección que amenazan la vida. Tampoco se trataba de una vaca
universitaria del Campus de la UNP. Ni una vaca extraviada en el
vendaval del mundo.
Otros discutían, con impunidad, sobre el destino final de la finada
argumentando a toda costa que la carne beneficiada en el camal y la
carne de un animal encontrado flotando sobre las agua son lo mismo. Lo
que comemos es carne de vaca muerta cuyo último deseo es encontrar
siempre la paz. |