El Regional de Piura:
15 de junio del 2008
Mi padre a quien debo todo lo que tengo pasa los ochenta y tantos años.
Durante su vida ejercitó empleos sorprendentes e inimaginables. Fue
obrero de limpieza en hospital, pintor de brocha gorda, domador de
perros y guardián en cuanta obra pública marcó el progreso de Paita. Es
un hombre con un sentido sabio de la vida. Habiendo alcanzado como logro
educativo la elemental primaria se empeñó en que sus hijos, siendo
numerosos, no se desentendieran del estudio. Un gran acontecimiento
irrepetible fue cuando habiendo ingresado a la universidad me entregó un
reloj Olma de pulsera para que en su entender valorara el paso del
tiempo. Después fuimos a la librería donde me permitió eligiera un par
de buenos libros: El Diccionario de Dudas de la lengua española de
Manuel Seco y la Breve Historia de América de Luis Alberto Sánchez. Aún
los tengo.
Sus aficiones entusiastas, cuando no existía la televisión, eran el
escuchar radio Caracol de Colombia, radio Habana, la voz de los Estados
Unidos, la voz de los Andes en un viejo transmisor de tubos con una
buena antena. Bebía café por litros placer que de él aprendí para
mantenerme insomne con la mirada puesta en las páginas de un buen libro.
Podemos decir con lealtad, somos once hermanos, que estamos orgullosos
de nuestro padre y el debe estar muy orgulloso de nosotros. Si la vida
se pudiera reeditar no lo cambiaríamos por nada es nuestro héroe
favorito. El nos abrió los ojos a ese designo terrible de no quedarnos
nunca callados y llamar a las cosas por su nombre.
Mi padre conversa ahora con los muertos. Los trae a su memoria y los
llama por su nombre y se dirige a ellos con una confianza filial poblada
de recuerdos. Durante las noches con los ojos abiertos frente al mar
jura haber visto las fatigadas huellas de los difuntos a los que
ofrendaba ramos de margaritas todos los lunes. Durante sus caminatas, en
plena madrugada, a la playa seca en la zona industrial siempre se sentía
protegido. Otra de sus virtudes era la de sostener inacabables
conversaciones con sus perros. Mi padre es feliz aunque a su edad no le
son esquivos los achaques de la vejez.
Padre le llaman también a Eduardo Palacios Morey. Un cura de almas que
con verdadera pasión se entregó al ministerio sacerdotal en Paita. Ahí
lo conocí y desde entonces nuestra amistad permanece indeleble. El Padre
Eduardo vive ese afán muy humano y noble de acompañar los
acontecimientos de su comunidad. El se metió a fondo en el alma de un
pueblo de raigambre religiosa y lo animó a iniciativas de progreso y de
mejora. Abrió las mentes de muchos papás para que apostaran por la
educación de sus hijos. Juan José Vega, con quien lo visitamos, lo
recordaba como el muy ilustrado cura de Paita. Hoy está en Talara y ha
dado un dinamismo impresionante a su parroquia. La moderna arquitectura
de la iglesia la Inmaculada tiene personalidad propia gracias a su
esfuerzo y a la ayuda de sus feligreses. Un altar muy hermoso con una
preciosa iconografía que reúne a los frutos del cristianismo en el Perú
es uno de sus logros.
Pero él es mucho más. Sigue obstinado en el estudio de los padres de la
iglesia y la mano de Dios a quien que le encanta jugar con el barro le
ha librado de la perversa tentación del cáncer. La última vez que
conversé con él me refirió con lujo de detalles esa vigilia humana
previa al paso por el quirófano y esa sinceridad para decirle al Cristo
de Chocán, una devoción muy nuestra: ¡Señor estoy en tus manos!. Nadie
entiende la emoción profunda de este trance sino la vive. Nadie entiende
el cariño entrañable de este pueblo cristiano sino penetra profundamente
en su fervor. El padre Palacios quien tiene muchos hijos acompañara hoy
sus ruegos por los que no tienen trabajo, los que sufren con desolación
el dolor, por esos padres solos a los que Dios súbitamente altera la
memoria para que no les resulte desoladora la ingratitud. Estos
recuerdos son un recado de ternura para todos los padres en su día. Para
los ausentes y los presentes. No podemos olvidar a esos papás que
aparecen en las largas listas de las requisitorias judiciales por
“omisión a la asistencia familiar” porque teniendo alma de perro son
humanos y tenemos la viva esperanza de que por amor puedan cambiar. |