El Regional de Piura:
29 de junio del 2008
El extendido uso del celular tiene algo de mágico y de estupidez.
Resulta impresionante como verdaderas legiones de estudiantes ricos y
pobres, grandes y chicos, los utilizan desaforada e ingenuamente. Con
audífono o sin él con musiquillas atorrantes que interrumpen una clase o
con cámara fotográfica para experimentar una sesión impúdica de
fotografías de ombligo y de sus inmediaciones. Ante un “celu” caro
sucumben las boquiabiertas y se paralizan los modestos propietarios de
un ejemplar de esos con pantalla blanco y negro adquiridos en oferta de
supermercado. Los enanos quieren también su teléfono inalámbrico y para
ellos se ofertan, por cómodos 200 soles, el de la langaruta Barbie o el
del hombre araña.
Las quinceañeras no son nada sin su celular costoso ese que atrae
rateros y que con un cambio de chip, ese adminículo del demonio, se les
pierde el rastro. Diariamente en Piura se roban no menos de cincuenta
celulares. Los costosos son el botín preferido porque se van al mercado
negro de Ecuador libres de polvo y paja. Los baratos esos de extendido
entre los estudiantes misios son canibalizados y reducidos a piezas y
repuestos. El consumo de celulares es una nueva peste cuyo síntoma es
esa sensación infortunada que provoca el no tenerlo. Y el placer de
poseerlo. Los hoy hasta con poderoso vibrador para el bolsillo posterior
los maricos.
Las niñas de pantalón a la cadera, a partir de los 18, lo deslizan muy
cerca del pubis. De ese modo lo preservan de las manos avezadas de los
birladores pero no de los ojos indecentes. Después de los 20 los
celulares se colocan en medio de los pechos fofos y surten el efecto de
atractivo fatal. El contestarlo es un rapto de coquetería inimaginable.
Las señoras entre treinta y cuarenta recurren a la cartera discreta o al
estuche caro de cuero. El de sintético vinilo es para las ordinarias que
no lo adquirieron en tienda. Hay celulares de visitadora médica que
crispan los nervios en los hospitales. También con parlante que permiten
enterarnos de todo sin quererlo.
Hay otros que interrumpen una película en el cine y son causa de
mentadas de madre. Hay mentirosos profesionales para el uso intenso de
los políticos. Aparecen en las tarjetas de los congresistas y sus chupes
pero casi nunca responden. Los hay de vieja gazmoña que interrumpen las
novenas a la Virgen del Socorro y permanecen envueltos entre los
pañuelos del bolsillón. Los hay tristes merodeando los hospitales para
alertar a las funerarias con las medidas de precisas del muerto fresco.
Los hay con pantalla cuya cámara fotográfica registra los apuntes de un
cuaderno o la página de un libro para los copiones incurables en el
colegio o la universidad.
Los hay prepago y post pago y los no pago conectados con la nada,
empleados para la finta de los timadores que en plena calle simulan una
llamada para impresionar a los tontones y tontonas pendientes de la
marca del celular. Los hay de amante mentiroso o mentirosa para la farsa
galopante, para el engaño de telenovela que se desconectan al simple
atisbo de la ausencia de sinceridad. Hay celulares que provocan muertes
en las carreteras y que la policía no sanciona. Es el caso: Un delirante
conductor responde a su teléfono colocado entre los hombros y pierde el
control del timón. La respuesta es ya conversa camino al cielo. En la
morgue de Piura están convencidos que los muertos con el hombro torcido
y rostro dulce, estaban contestando su celular.
Hay celulares de Ministro, Presidente Regional, alcalde, congresista,
regidor, juez, rector, periodista, marido en apariencia honesta, de
trajinada fémina, de narcotraficante, de dignidad eclesiástica, de
profesor acosador, de empresario o de chupamedias que provocarían más de
un terremoto si se revelaran los contenidos de sus conversaciones que
son registradas puntual y puntillosamente en las computadoras del -en
apariencia inofensivo- sistema celular. Aquel que le ofrecen para
facilitarle las cosas, provocarle la sensación de proximidad e indolora
perforación de su intimidad. |