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El sueño frustrado de la descentralización

Jans Erik Cavero Cárdenas
Politólogo
El Regional de Piura: 23 de mayo del 2008

A seis años de iniciado el último proceso de descentralización no cabe sino expresar con desasosiego la proximidad de su partida. La conversión del aprismo y su giro previsible a la derecha parece haber contagiado a la distribución territorial del poder, pues si en la década del 80 se apostó por autonomías regionales incipientes, hoy la apuesta política de Alan García es la centralización del poder bajo el velo de una descentralización iluminista en su forma pero retrógrada en su esencia.

La promulgación de la ley 29230, ley que impulsa la inversión pública regional y local con participación del sector privado, es una muestra evidente de mi afirmación. En efecto, la norma prevé que vía convenios interinstitucionales el sector privado podrá financiar y/o ejecutar proyectos de inversión pública, siempre que ellos cuenten con declaratoria de viabilidad y que estén en armonía con los planes de desarrollo nacional, regional o local. Me pregunto ¿El Perú tiene un plan nacional de desarrollo? ¿De qué plan habla el gobierno?

Sin duda, estamos otra vez ante una farsa del Ejecutivo. En el Perú los únicos que hacen planificación para el desarrollo son las regiones y las municipalidades. Los ministerios sólo tienen planes sectoriales descoordinados y huérfanos de un objetivo común. El “Acuerdo Nacional” tampoco se aproxima a lo que es un plan nacional de desarrollo. Sostener lo contrario constituiría un despropósito mal intencionado, pues en el país no se planifica desde hace 15 años. El Instituto Nacional de Planificación (INAP) fue desactivado por Fujimori y el novedoso CEPLAN no existe funcionalmente. Por lo tanto, no sabemos hacia dónde vamos, ni qué proyecto de país queremos.

Ahora bien, ¿la participación de los privados en el desarrollo regional y local es negativa? NO. Me atrevo a decir que la participación de empresas responsables en la implementación de políticas públicas es un valor agregado del que ningún gobierno debiera prescindir.. Al fin y al cabo las sociedades de hoy que mejor pueden garantizar la gobernabilidad son aquellas comunidades políticas cuyos gobiernos las dirigen a través de redes de actores que se relacionan interdependiente y horizontalmente, en pos de intereses colectivos.

Mi oposición no es a la participación de los privados como socios del desarrollo, sino a la intromisión del Ejecutivo alegando de modo utilitario la supuesta “incapacidad” de los gobiernos subnacionales para ejecutar programas y proyectos, como si el gobierno central detentara el monopolio de la capacidad para gestionar efectiva y eficientemente políticas de infraestructura. Pero ¿existe una concreta intención centralista del APRA o es que se trata de un mero subjetivismo? Sin duda se trata de lo primero. Veamos porqué.

El proyecto de ley fue presentado por el Ejecutivo el año pasado. El Congreso decidió, en diciembre, su regreso a comisión para un mejor estudio. El 17 de abril de este año fue aprobado en primera votación pero rechazado en segunda. No sabemos porqué el pasado 08 de mayo la “Junta de Portavoces” dispensó de segunda votación, siendo promulgado por el gobierno el 19 de mayo sin mediar observación alguna pese a que el Parlamente aprobó una autógrafa distinta al contenido del proyecto inicialmente planteado.

¿Porqué la ley no fue observada por el Ejecutivo? Porque la motivación del gobierno no es impulsar el desarrollo regional o local, sino atraer inversión privada a toda costa, pasando por alto las normas básicas de adquisiciones y contrataciones del Estado, burocratizando la gestión pública, regulando innecesariamente convenios interinstitucionales y pretendiendo deliberadamente la participación de “Proinversión” para corregir el supuesto déficit de gestión que padecen los gobiernos subnacionales.

Es cierto que no todas las municipalidades son eficaces, responsables y eficientes. Algunas tienen altos recursos que aún no están siendo invertidos. Pero la falta de inversión pública no necesariamente es producto de incapacidad de gestión, sino que obedece además a otros factores contingentes como la rigidez del SNIP, algunas restricciones presupuestarias, la desfavorable ubicación geográfica que impide la presencia de capitales privados, la carencia de infraestructura vial que evita dinamismos económicos y comerciales, etc.

No obstante, ¿Porqué los gobiernos subnacionales no pueden suscribir convenios institucionales con los privados de manera autónoma? El mensaje del APRA resulta plausible: No sólo existe incapacidad de gestión, sino incapacidad para realizar procesos de selección y peor aún incapacidad para pagar a privados que ejecuten proyectos en sus jurisdicciones. Por eso el MEF emitirá los certificados de inversión pública regional y local (CIPRL) para pagar las inversiones que realicen las empresas constructoras, debitando un porcentaje del canon, sobrecanon, regalías, rentas de aduanas y otras participaciones, para aquellos gobiernos que se acojan a esta ley.

Paternalismo puro a todas luces. Probablemente algún defensor de la norma sostenga que esta ley no obliga sino sólo faculta. Pero ¿para qué el legislador pierde el tiempo aprobando normas que no tienen carácter vinculante? ¿Para qué regular cuestiones que no necesitan intervención estatal puesto que los convenios de colaboración entre entidades público privadas no están prohibidos? Los convenios son voluntarios bastando únicamente la aceptación de las partes y la observancia de la legalidad y el orden jurídico.

La ley aunque sea meramente facultativa tiene una trampa: Muchos gobiernos subnacionales se acogerán a ella para sortear las trabas que ha generado un sistema de inversión pública cuestionado. El pragmatismo irresponsable cobrará protagonismo para dar la apariencia de que las cosas funcionan correctamente en una localidad. Pero la cosa no queda allí. Implícitamente el gobierno pretende redireccionar el canon a obras viales, pavimentos e infraestructura, necesarias por cierto pero insuficientes para el progreso social. Y ¿qué hacemos con el desarrollo tecnológico?, ¿habrá recursos para invertir en desarrollo de capacidades?, ¿qué hacemos con aquellos programas de sensibilización e innovación cuyo coste económico es complejo de cuantificar?

Asimismo, la norma es tendenciosa al punto de pasar por alto el presupuesto participativo. ¿Por qué? Porque señala que los gobiernos subnacionales remitirán a ProInversión una lista priorizada con los proyectos a financiar y/o ejecutar, pero ¿no se supone que el CCL o el CCR con apoyo del equipo técnico priorizan los proyectos formulados en el presupuesto participativo? ¿Qué sucederá si un alcalde o presidente regional utiliza esta herramienta para desconocer los acuerdos firmados en concertación con la sociedad civil?

No todos los alcaldes son democráticos, ¿o sí? Es cierto que el Parlamento, con o sin intención, ha generado mayor trámite burocrático y ha preferido regular de modo abierto sin señalar, por ejemplo, en qué momento debe hacerse la selección de empresas. Es decir, ¿seguirá vigente el proceso previsto por la ley de contrataciones y adquisiciones del Estado? Si es no, desactivemos el sistema de contrataciones por infuncional, y si es sí no era necesario aprobar una ley, pues después de adjudicado la buena pro las entidades suscriben un contrato de ejecución en el que bien podrían preverse cláusulas de colaboración.

De todas formas, esperemos las especificidades que señalará el reglamento de la ley. Seguramente se impondrá vía decreto supremo todas aquellas disposiciones que estuvieron previstas en el proyecto inicial del Ejecutivo, cuya intencionalidad desnudan desde mi perspectiva dos propósitos: El mensaje de que los gobiernos subnacionales no pueden autogobernarse, siendo innecesaria todo intento de descentralización; y tirarse abajo el sistema de contrataciones del Estado para favorecer a empresas amigas, allegadas al régimen, empresas familiares, con la complicidad de autoridades locales y regionales irresponsables. La mesa está servida para las corruptelas.

 

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