Piura,08/05/2006
Segunda vuelta electoral: Entre prometiendo
no cometer errores y evitando el regreso al pasado
Los peruanos, se dice y con
razón, buscan en el tiempo ocultar los desastres de sus políticos y
otorgarles una nueva oportunidad. La historia es reiterativa en casos de
presidentes que se fueron con el estigma de haber sido malos mandatarios, y
regresaron después con un baño de popularidad y renovadas esperanzas.
El de más reciente recuerdo es
Fernando Belaunde Terry. Presidente en la década del 60 perdió legitimidad
social, pero tras once años de dictadura y cuando todo hacía suponer que
Armando Villanueva sería el primer aprista en llegar al gobierno, irrumpió
Belaunde para destronarlo y convertirse nuevamente en presidente de la
República.
La oportunidad propició el
retorno de los acción populistas emigrados del país. El Estado había
cambiado sustantivamente, y también la estructura económica y social del
país. Belaunde retrocedió en las decisiones estatistas de su predecesor e
inició el cambio de la economía con alto tinte estatal hacia el liberalismo.
La política económica no fue de
lo mejor; pese a los ajustes realizados derivó en la subida de precios y por
lo tanto, la especulación, el acaparamiento y la adulteración se convirtió
en la preocupación de autoridades municipales y nacionales. Las protestas no
se hicieron esperar, y el descontento creció. Para el colmo los norteños
tuvimos que soportar la terrible destrucción que produjo el Fenómeno el Niño
y la torpeza de cientos de funcionarios públicos que no entendían que
frente a hechos de esta naturaleza, se tiene que actuar oportunamente.
El resultado de tantas
equivocaciones llevó a Belaunde a terminar su gobierno con menos del 5% de
aceptación popular y a su partido a innovar conceptos como el de votos
válidos para subsistir como organización política. Para miles de peruanos,
la segunda oportunidad otorgada a Fernando Belaunde fue peor que la primera
vez.
Este desastre dio origen al peor
gobierno de la historia peruana. El Partido Aprista Peruano, con Alan García
Pérez siguiendo la posta de Víctor Raúl Haya de la Torre, llega al poder y
con su juventud pretendió hacer realidad las expectativas de cambio y
revolución social. Solamente dos años duró el maridaje de la población con
el joven presidente y su organización; sus yerros llevaron al país a tener
no solo un Estado con alto gasto, sino una economía destructivamente
inflacionaria. Los peruanos se arrepintieron de haber elegido a un
mandatario incapaz y a una organización poco apta para participar en la
gobernabilidad del país.
En esta oportunidad, los
electores se encuentran en la disyuntiva de elegir entre ese mandatario que
fue un desastre y que ahora jura reiterados arrepentimientos y la
posibilidad de escoger a un nuevo personaje que demuestre la factibilidad de
innovar la política peruana con nuevos liderazgos.
Tras Ollanta Humala se han
incorporado teóricos sociales vinculados a la izquierda peruana y que tienen
una propuesta de desarrollo tan romántica como fue en su momento el
socialismo. Pero el mundo es diferente al que se vivió del 50 a los 80. Sin
embargo, ejemplos importantes como el de España son reflejo que es posible
construir un modelo alterno compartiendo las innovaciones del presente.
Alan García Pérez y su
organización política, son conocidos por sus prácticas totalitarias del
manejo gubernamental. En los gobiernos regionales a su cargo han demostrado
que no han cambiado, pese a los esfuerzos que García realiza para decir que
si.
Por su parte Ollanta Humala tiene
inconsistencias importantes que es necesario clarificar para evitar que las
frustraciones se vuelvan a reiterar.
Sin embargo, de algo estamos
seguros; si queremos que el Perú avance y se desarrolle vale un compromiso
nacional. Una organización política sola será incapaz de dirigir al país
hacia su total transformación.
El Director
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