Mientras aseguramos la costa, ¿cómo aseguramos la sierra?

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Las comunidades campesinas que dependen de los bosques secos de Piura se están organizando para prevenir los incendios forestales, lo que es positivo, ya que su vida se sustenta en ese ecosistema propio de esta parte del mundo que, entre otras maravillas, evita la erosión y busca aprovechar la humedad capturada durante el periodo lluvioso para criar especies como el emblemático algarrobo.

Las poblaciones que viven en los bosques secos son, a su vez, una de las más pobres de la costa de Piura; entonces, imaginarán que el esfuerzo de prevención más que valer la pena, asegura su subsistencia.

Durante la emergencia de los incendios forestales que se reportaron simultáneamente en todo el país, que a mi juicio (lo que me valió sendas críticas, sin saber a cuenta de quién) sigo creyendo fueron deliberadamente provocados, el distrito más afectado en la costa piurana fue Suyo. Según un informe que produje para el portal Sophimanía.pe, hasta finales de noviembre del año pasado se calculaba que cinco mil hectáreas o 50 km2 (de los casi 36 mil km2 que tiene todo el departamento) fueron pasto de las llamas, literal.

Revisando material que me cedió El Regional de Piura para ese informe, también hubo afectación a la mata boscosa que rodea al reservorio de Poechos y que ya estaba golpeada por la deforestación.

Pero también el reportaje que co-produje con la periodista Claudia Cisneros da un dato inquietante: los fuegos estaban mayormente concentrados en el valle de Huancabamba y en las jalcas de Pacaipampa. Por alguna razón, la costa no sufrió daños por este tipo de siniestros (perdón con los zurdos) a pesar de vivir una de las peores sequías que, ya sabemos, terminó en un evento El Niño de proporciones.

http://www.sophimania.pe/medio-ambiente/contaminacion-y-salud-ambiental/pera-crisis-de-agua-en-el-norte-por-sequia-incendios-y-proyecto-minero/
Para nada quiero desmerecer el trabajo de las comunidades en la costa, la que, debido a las lluvias torrenciales, ahora está lo suficientemente frondosa para que el descuido -o la piromanía digitada- de alguien vuelva a generarnos una crisis; pero el antecedente que no tiene más de un año nos indica que la emergencia realmente se presentó principalmente en la sierra, avivada -nunca mejor dicho- por lo agreste e inaccesible del relieve.

Mi inquietud es saber si los esfuerzos de organización y compromiso también se concentrarán en las alturas, y ya hemos pasado el tiempo de cosechas, entonces tenemos que estar en alerta. Les recuerdo que los primeros focos se reportaron justo por estas fechas el año pasado.

En ese sentido, queda pendiente también la idea de tener bomberos especializados en ese tipo de emergencias, los que, atendiendo al espíritu voluntario de esa actividad en nuestro país, pueden ser conformados por los propios integrantes de cada comunidad campesina.

Claro que habrá que darles una implementación mínima, pero ahí se puede echar mano de la cooperación internacional: hay cuerpos de bomberos en otras partes del mundo que saben cómo proceder en estos casos, a los que se puede contactar para crear una suerte de hermanamientos, entrenamientos, mentorías, en fin, alguna fórmula que favorezca la transferencia y aprendizaje de técnica y alguna tecnología.

Va la sugerencia para el Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú que, sé, la acogerán con la mejor de las ganas.

Mientras tanto, quienes no vivimos en un bosque seco, de neblina, una jalca o al menos una chacra, pero que aprovechamos lo que esos ecosistemas nos proveen, tenemos que ser agentes preventores también.

El enfoque será siempre el de proteger vidas, sin desconocer las acciones heroicas por salvarlas y salvar esos espacios que tanto bien hacen a nuestras vidas.

(Opina al autor. síguelo en Twitter como @nelsonsullana)