Los 90 del dinosaurio

Miguel Godos Curay
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ERP/Miguel Godos Curay. Fidel, cumplió ayer 90 años. El dinosaurio preserva su lucidez. En su mejor momento fue un retórico vehemente capaz de conmover con su palabra hasta las piedras. La ocasión en la que lo conocí, por los 90, en La Habana. Fiel a su puntualidad llegó minutos antes y sostuvo un diálogo cordial con la delegación peruana en la que estaban Ricardo Letts, Maruja Cabredo, entre otros dirigentes sindicales.

Fidel, el impecable Fidel, de uniforme verde olivo tenía aspecto impresionante. Caminaba a largo tranco y cordialmente estrechó las manos de todos. Sus manos finas y bien cuidadas eran las de un poeta que sólo hurga las páginas de los libros. No eran manos encallecidas por la zafra. Al sentarse, pierna cruzada, sus botas nuevas parecían haber trajinado por alfombras interminables.

Ante el público es un encantador de serpientes y multitudes. El auditorio lo escuchaba subyugado en arrobador silencio. Mientras las multitudes coreaban a viva voz. ¡Fidel, Fidel nadie como él! Habla con énfasis con los que proclama sus tesis. Es un orador memorioso, dialéctico, gestual e imprevisible. Fue lo que sucedió cuando la antípoda mexicana de Supeman, el popular Superbarrio irrumpió en la sala ante atronadores aplausos. Los yanquis tienen hombre de acero. Los pobres un defensor de carne y hueso.

Fidel es un mito. Un sueño culminado y culminante creado por la CIA. Estoy por pensar, como mi padre, que este abuelo de barbas plateadas no se extingue porque sus discursos alucinados viven en la conciencia de su pueblo. Enrique de la Osa, el editor de Bohemia, me dice al oído, recorriendo los callejones de Piura. “Fidel, Fidel nadie como él”.