Elegía a Juan Gabriel (1950-2016)

Miguel Godos Curay
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Por: Miguel Godos Curay. Los ángeles no tienen sexo. Los ángeles tienen gloria y se asoman a la eternidad. Su tiempo conjura los olvidos y sus cantos estremecen los corazones. El compositor y el intérprete vivirá siempre en la invicta lealtad de sus admiradores, advierte, Armando Manzanero.

El Presidente Peña Nieto, dijo:“Su música, es un legado de México para el mundo”. Obama también lo recuerda porque sin proponérselo fue a su modo Embajador de buena vecindad. No le fueron esquivos el Madison Square Garden en Nueva York y en 1990 el Palacio de las Bellas Artes, reservado para los grandes conciertos sinfónicos, le abrió sus puertas y se hizo universal su mensaje con aroma de pueblo. No fue fácil. En este recinto recibirá el homenaje póstumo de México.

Carlos Monsiváis, sobre esta proeza se interroga: “¿Se derrumbarán los mármoles?” Finalmente arrecian los atronadores aplausos de los fariseos, esta noche sucumben fascinados por la cultura popular. Fue la primera grabación sonora digital realizada en este privilegiado escenario reservado para los grandes. Las reproducciones por millones del concierto desbocaron incontenibles su legítima fama. En esa ocasión inolvidable presentó a 24 niños huérfanos, hijos de madres solteras. Niños pobres entre los más pobres que reciben educación esmerada en el albergue que desde 1987 sostiene con su peculio en ciudad Juárez. Hoy lloran a Juan Gabriel los de arriba y los de abajo. Hasta los homófobos no pueden contener sus lágrimas y disimulan con colirio el haberlo ofendido de cuerpo entero. Contra todos los pronósticos su independencia del imperio mediático Televisa, que digita ídolos con pies de barro, lo hizo universal.

Compositor apasionado, genuino juglar, humilde entre los humildes, su vida, a pesar de los pesares remontó la pobreza y la ausencia de ternura. Con la filigrana de los sentimientos más puros hizo música con letras inolvidables. Su Amor Eterno es el último adiós en los cementerios. Hasta que te conocí, Abrázame muy fuerte, Se me olvido otra vez, Ya lo sé que tú te vas. Son himnos con el leitmotiv del amor fulminado pero inspiración inagotable para los románticos de peluche y rosas bermejas. Pero como la existencia y la vida no pueden ser un inventario de desgracias. Alberto Aguilera Valadez o Juan Gabriel comparte el firmamento de esos símbolos eternos de México como Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Roberto Cantoral, Consuelo Velázquez la inmortal creadora de “Bésame mucho”. Y entre los presentes Armando Manzanero.

Se fue. Partió sin avisar. Lo mató un certero dardo de cupido en el corazón. Horas antes había encandilado multitudes con su cancionero distante de la avaricia de los afectos y de las exclusiones del color. El que vino acompañado alegre por La negra Tomasa. Se puso triste de pronto. El juglar del antiguo reino de Michuacán sintió en su pecho estremecido el último dolor. El mundo espejea tras las cataratas que resuenan como si quebraran insoportables los vidrios. Son las 11.32 del domingo 28 de agosto en Santa Mónica (California). La vida se tornó en absoluto silencio.