Dios, cuánta violencia se consiente en tu Nombre

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Jaír Bolsonaro es un candidato a la presidencia de Brasil, y, según las encuestadoras del país vecino, quien lidera las preferencias para los comicios que se celebrarán el 7 de octubre, el mismo día que acá. Es identificado como el más radical de los candidatos de la derecha "verdeamarela", ésto es, una especie de Donald Trump con todos sus defectos y a ritmo de samba, y ya sabemos qué pasa cuando ponemos a un extremista en el poder.

Hace dos semanas, Bolsonaro se encontraba en un acto de campaña cuando uno de sus simpatizantes lo alzó sobre sus hombros. En el momento de mayor júbilo, el candidato recibió una puñalada en el costado que le tiene comprometido el intestino delgado y por lo que tuvo que reingresar de emergencia esta última semana debido a complicaciones.

Su agresor fue identificado como Adélio Bispo de Oliveira, un opositor quien dijo sentirse amenazado por la plataforma anti derechos civiles de Bolsonaro, y no tuvo mejor idea que recurrir a la violencia extrema para acabar con quien no es santo de su devoción electoral; pero quizás el dato más perturbador de su declaración es que dijo perpetrar el intento de homicidio por orden de Dios.

La justificación de la violencia de cualquier tipo por supuesta orden divina -Dios no se ha presentado a respaldar o desmentir la alegación- no es nueva, si no miremos todos los actos de violencia y terrorismo que vivimos de forma más visible desde inicios de la década de los noventa y que se coronó con el atentado contra el Centro Mundial de Comercio en Nueva York, Estados Unidos, el 11 de setiembre de 2001, y que se ha repetido mayormente en ciudades importantes de ese país y de Europa, como Londres, Madrid, Ámsterdan, Berlín o quizás París, uno de los casos más dramáticos que nos ha tocado cubrir y comentar.

Una de las cosas que debemos tener clara es que el uso de la violencia en nombre de Dios para nada sigue ningún mandato divino. Mas bien nos habla de personas con alguna condición mental no detectada o no tratada a tiempo, como la esquizofrenia (lo que no quiere decir que toda persona esquizofrénica puede terminar cometiendo este tipo de ilícitos) o la psicosis, que al ser avivada por un mecanismo de manipulación psicológica, como el lavado de cerebro -casi siempre ejecutado por un psicópata-, la convierten en una bomba de tiempo.

Ciertos grupos religiosos lo saben perfectamente y lo usan con habilidad, no para cumplir alguna orden del Altísimo sino para servir mas bien a intereses puramente terrenales. 

No puedo hablar por el Corán porque lo desconozco, pero por lo menos en el caso de la Biblia, es sintomático que muchos de quienes perpetran estos actos violentos o terroristas siempre se agarran de versículos del Pentatéuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, haciéndole "chu" a Jesucristo quien en los cuatro evangelios que inician el Nuevo Testamento dijo clarito que, si bien no venía a erradicar esas enseñanzas, sí venía a humanizarlas, porque éso de andar haciendo justicia por mano propia y creer que la vida de cualquier individuo está en la voluntad de otro similar es algo peor que ser troglodita. 

Por último, Jesucristo dijo Dios es Amor y no hay que tu tía tata. Si no se entiende el significado amplio y maravilloso de amor, no se entenderá a Dios ni con manzanitas. 

Ojo, no soy teólogo ni referente de "solvencia moral", pero este razonamiento es simple sentido común, el menos común de los sentidos. Sigamos.

A los grupos religiosos de todo tipo no les conviene esta aclaración cristiana porque se trae abajo los modelos jerárquicos en que una élite se mueve por codicia y la feligresía es retroalimentada en su ignorancia. Y ésas son las dos palabras claves de todo lo que hay detrás de estos actos que merecen toda condena, vengan de donde vengan, porque tenemos una cúpula que busca reunir dinero y poder a como dé lugar para llenar sus bolsillos, no para salvar almas, y una mayoría a la que le puedes pedir que se pare de cabeza, y previa sacada de limosna o diezmo, lo hará: fanatismo religioso en su diseño más delictivo posible.

Y ay de aquél o aquélla quien ose cuestionar el esquema, porque le meten los siete sellos, las siete plagas, los siete copones o hasta los siete garrotazos.

Perú no está tan lejos de justificar ilícitos en nombre de Dios: está el sujeto que quiso armar un harem en la selva bajo un discurso cataclísmico, las denuncias de abuso físico y sexual contra el Sodalicio de Vida Cristiana (y su aún no aclarada participación en un esquema de compra de bienes raíces), el pastor adventista en Cusco que abusó de una menor de edad, o el líder del Aposento Alto que protagonizó una dudosa ocupación de una propiedad municipal en Lima y que lo ha enfrentado a toda la barra del Alianza Lima, justo el mismo día que Keiko Fujimori tenía que presentarse (resguardada por una fila de barreras y matones) en el Congreso de la República.

Dicho sea de paso, este último pastor y la señora Fujimori han sido identificados como aliados políticos, y el líder religioso es uno de los promotores de la campaña que busca inmunidad e impunidad para los delitos por violencia de género. Gracias a Beto Ortiz, ya sabemos por qué.

Lo dije antes y lo reitero ahora: los modelos teocráticos en un esquema de estado de derecho son peligrosos porque no se fundamentan en razones sustentadas sino en consignas antojadizas (el pastor del Aposento Alto dice que quiere tener el estadio del Alianza Lima por inspiración angélica), cuando la verdad ocultan un deseo desmedido por conseguir dinero y poder, por alimentar la codicia a costa de la ignorancia del resto.

Por éso, cuando le discutes de manera lógica a cualquier persona que se aprendió un libreto rígido, te mira peor que a Satanás por dos motivos: porque le estás mostrando que el mundo tenía posibilidades, y porque tiene miedo a reconocer que ha sido burdamente manipulado. Si tiene la valentía de liberarse, hará un largo duelo; si no, será nuevamente manipulado hasta fanatizarle, salvo que sea parte del grupo que fanatiza.

El caso es que la verdad libera, como dijo el barbudo más simpático de toda la Historia Universal, pero que, por abrirnos los ojos, lo mandamos a morir a la cruz. Así de contradictorios y letales somos los humanos cuando nos fanatizamos, y dejamos que la codicia macere nuestra ignorancia para conseguir esas dos cosas que riman y casi se escriben igual: inmunidad e impunidad.

De cualquier modo, tengamos siempre presente que ningún tipo de violencia es justificable, incluso si -supuestamente- la ordenó Dios. Sería una suprema contradicción.

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @NelsonSullana)