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La rodilla sobre el cuello versus la piedra contra el vidrio

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Hay dos retóricas peligrosas en torno a las protestas contra lo que, según la fiscalía de Minneapolis, Estados Unidos, parece ser un homicidio que no tenía la intención de terminar así pero que por negligencia policial terminó así: los que protestan contra el racismo son unos terroristas, y la violencia se justifica porque nadie hace caso a pesar de los abusos evidentes y documentados no desde hace dos semanas, sino desde hace siglos.

George Floyd (46) era un afroestadounidense quien fue intervenido por el oficial de policía angloestadounidense Derek Chauvin, aparentemente, al tratar de pagar con un billete falso, lo que en Estados Unidos es un crimen federal. Por alguna razón que se está investigando (las versiones en medios son aún confusas), Chauvin no solo detiene a Floyd sino que lo reduce en el suelo en presencia de otros cuatro policías.

El oficial puso su rodilla durante ocho minutos y 46 segundos sobre el cuello del detenido quien le repetía “I can’t breathe” (“No puedo respirar”, en castellano). La autopsia oficial y una encargada por la familia de Floyd coincidieron en señalar que el hombre murió asfixiado porque se le había cortado mecánicamente el suministro de aire a los pulmones. Hay al menos una docena de videos que documentan el hecho.

Un despacho de la agencia de noticias Reuters publicado el jueves 4 de junio, aunque para su mercado de habla portuguesa, indicaba que el forense también determinó que el occiso era positivo al nuevo coronavirus, versión que se manejaba inicialmente, pero que se fue diluyendo por el matiz racista y las protestas alrededor de este asunto.

Quienes creen que las protestas en favor del detenido son exageradas, han usado como argumento que se trataba de un delincuente. Tras años en que la vida de Floyd no corrió por senderos ejemplares, eventualmente se entregó a un culto cristiano y cambió el rumbo. Su trabajo hasta el mismo día de su muerte era el de seguridad en un centro nocturno de Minneapolis administrado por migrantes hispanos, quienes lo describen como un “gigante” amable y laborioso.

George FloydGeorge Floyd | Foto: Internet.

Chauvin ha sido despedido del Departamento de Policía de Minneapolis, enfrenta un cargo por homicidio no intencional, está detenido, lo mismo que sus otros colegas. Si la Fiscalía logra sustentar el caso, los ex uniformados pueden irse cuarenta años a la cárcel. Activistas dicen que para llegar a este punto, el factor de quiebre fueron las protestas que brotaron en toda la nación, que llevan ya dos semanas a pesar de que incluso se ha decretado el toque de queda en varias ciudades estadounidenses. La Fiscalía dice que eso no tuvo nada que ver a la hora de ampliar su acusación.

Los medios estadounidenses anglos e hispanos han destacado que hay dos tipos de personas quienes protestan: las que marchan y gritan arengas (siendo la más fuerte, “I can’t breathe”), y las que marchan y vandalizan todo lo que hallan a su paso: tiendas, vehículos, monumentos y hasta los vidrios de entrada al emblemático Centro CNN, en Atlanta, que el lunes 1 de junio cumplió 40 años al aire. Un detalle que apuntan es que las personas violentas siempre suelen suceder a las personas pacíficas.

Cuando menos nadie lo previó, la protesta se ‘exportó’ más allá de la federación estadounidense: Londres (cuya multitud rodeó la embajada norteamericana), Berlín (lo que incluyó expresiones de solidaridad en la Bundesliga) y Barcelona (que ya trae su protesta separatista aparte).

La reacción oficial de la Casa Blanca fue sacar a la Guardia Nacional (un híbrido que en peruano equivaldría a un oficial con documentos de policía pero procedimientos de soldado) y repeler las protestas con bombas de gas, lacrimógenas, gas pimienta y balas de goma (las que mas bien impactaron a los y las periodistas cubriendo en vivo, y periodistas de grandes cadenas encima).

El presidente Donald Trump acusó al movimiento anarquista Antifa por la violencia, lo que despertó las iras de hackers en todo el mundo reunidos en Anonymous, que amenazó con publicar una lista de tratantes de menores de edad, entre los que el mandatario estadounidense estaría, al menos, relacionado. Hay un trujillano en esa lista, dicho sea de paso.

Los tuyos, los míos y los nuestros

La opinión pública estadounidense y mundial se dividió en tres: quienes consideran las protestas justas con todo y vidrios rotos, quienes consideran justas las protestas pero destacando las manifestaciones pacíficas, y quienes admiten que hay racismo pero que no justifica salir a las calles.

Hay una cuarta corriente de opinión algo más tenue, medio diluida, pero existente: quienes critican a todos diciendo que son capaces de reaccionar por lo que pase o no pase en los Estados Unidos, pero son incapaces de mover siquiera una ceja si eso sucediera en su país. Y el racismo, como todas las formas de discriminación, no es un problema exclusivamente estadounidense sino global.

Transversalmente, apareció la comunidad médica y científica advirtiendo que tal multitud fuera de control va a provocar una segunda ola de contagios por el nuevo coronavirus en una nación que, a la fecha, encabeza la lista de casos positivos (alrededor de dos millones) y fallecidos (alrededor de 200 mil) en todo el mundo. A partir de la segunda quincena de junio, o sea, una semana después que esta columna se publica, veremos cuánta razón tuvieron.

En lo personal, los dos extremos, tanto el que justifica la violencia en las protestas como el que califica a quienes protestan como terroristas, parten de una premisa errónea.

Quienes protestan no son terroristas porque poner en evidencia los perjuicios del racismo, así como cualquier forma de discriminación, busca recordarnos que nadie está ni por arriba ni por debajo de nadie, que todos y todas somos iguales en términos de dignidad y acceso a la justicia. Y el color de nuestra piel ni nos sobrecalifica ni nos subcalifica; es más, no nos califica: solo es el color de nuestra piel.

Y para el otro extremo, la violencia –lo digo por enésima vez—no resuelve nada; todo lo contrario. La violencia, como ya lo establecimos cuando cierto militar endiosado ‘impuso su autoridad’ con una bofetada, es la reacción de quien carece de razones. Es más, la violencia que vimos en medio de las protestas de los Estados Unidos se parece mucho a las que ocurrieron en Chile: no reivindicaban ni un caramelo, eran pretexto para vandalizar tiendas que ni todos quienes leen esta columna podríamos pagar en una sola cuota (ni haciendo chanchita).

Keyla Lance: “Éste no es el espíritu de Martin Luther King”

La lucha por un derecho humano, como la igualdad, no debe desnaturalizarse por la manipulación partidaria de izquierdas (la destrucción era el camino para llamar la atención) ni de derechas (las bombas eran el camino para restablecer el principio de autoridad), ni religiosa, como la que quiso encarnar Trump al posar con una Biblia al lado de una iglesia quemada frente a la Casa Blanca. Los primeros en criticarlo fueron los sacerdotes y los pastores evangélicos más moderados.

Yo me alineo al discurso de la alcaldesa de Atlanta, Keysha Lance Bottoms (50 años de edad, afroestadounidense para más señas), quien el sábado 30 de mayo dio un discurso que, a mi juicio es fuerte y conmovedor, y que se los resumo en esta idea: sí se valen las protestas porque ya estamos hartos del racismo, especialmente el que ejercen las autoridades cuya función es la de protegernos, pero lo que no se vale es que para sentar esa posición se vandalice porque ése no era el espíritu de grandes activistas como el Reverendo Martin Luther King Jr., quien usó la no-violencia (siguiendo el ejemplo de Mahatma Gandhi) para acabar con el régimen de segregación racial que existía en los Estados Unidos hasta hace sesenta años. No hace mucho históricamente hablando.

Por otro lado, me parece excelente y hasta formativo que identifiquemos el racismo en un evento que logró influencia mundial, o al menos en el mundo libre, pero también me alineo a quienes nos piden con justicia que así como podemos verlo clarito en la casa del vecino de la otra cuadra, lo podamos ver en nuestra propia casa: ¿somos racistas? ¿Ejercemos algún tipo de discriminación? ¿Armamos toda una retórica que justifica nuestra actitud segregante?

Y por último, sí, vivimos en un mundo injusto, cruel, abusivo y, cómo no, ignorante. Claro que hay que combatirlo, pero no con violencia. Nuestras armas tienen que ser la justicia dentro de los cauces amplios y existentes, con una compasión que nos descubra la dignidad propia y la de mi prójimo, con un espíritu solidario que nos conecte con una sonrisa sincera y amplia, y con una ciencia que nos descubre que el reto no es anular a la humanidad sino que nos lleve como humanidad a dar el siguiente salto hacia arriba y hacia delante dejando las diferencias, todas las diferencias, atrás, en el pasado.

¡Ésa es la agenda contra el racismo y todas las formas de discriminación! ¡Ésa es la forma cómo la muerte de George Floyd, quien ahora encarna a todas las víctimas del racismo en todo el planeta (Perú incluido) va a tener sentido! Si nos quedamos en alzar la voz y cuando metan a la cárcel a los policías (o políticos) racistas, regresar a casa y seguir con lo mismo, entonces esta historia vamos a repetirla. Y eso no se vale.

[Opina en mi cuenta de Twitter @nelsonsullana usando el hashtag #columnaNelson]

Diario El Regional de Piura

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