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Primero aplícate la antimiedo y la antidesinformación

Nelson Peñaherrera
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ERP. Y tras la pandemia de la Covid-19, ahora es el turno de las vacunas para inmunizar a todo el mundo. El secretario general de las Naciones Unidas ha urgido que las corporaciones farmacéuticas incrementen los volúmenes de producción y que la cobertura sea la mayor posible para la primera semana de abril porque el virus recargado está agudizando síntomas que antes no eran frecuentes, como los problemas del estómago.

Por: Nelson Peñaherrera Castillo

En Perú, lo que parecía ser una entusiasta mayoría que estaba dispuesta a vacunarse –no abrumadora porque eran 3 por cada 5—se ha ido diluyendo y ahora por cada 5 que sí nos queremos vacunar hay 4 que no y uno que está en duda. Aparentemente, hay dos factores que habrían provocado la merma: posibles efectos secundarios y posible ineficacia del medicamento. Ah, y todo por cortesía de la secta de Antauro.

Sobre ambos aspectos, los medios de comunicación, en especial aquellos que hacen sensacionalismo de forma tan peligrosamente natural como aquel santo que hacía milagros sin darse cuenta, tenemos mucha culpa. Primera, porque seguimos enfocando la realidad por el lado negativo sin balancear lo opuesto, lo positivo, que también es parte del paquete; segundo, y esta razón es peor, porque no entendemos ni papa de lo que significa a toda probidad los términos médicos “efectos secundarios” y “eficacia”.

En las noticias, incluso de medios confiables, se ha hablado de que las vacunas contra la Covid-19 tienen algún tipo de interacción molesta que la persona podría experimentar tras haber sido inoculada. A eso se llama efecto secundario, pero mucha gente se ha quedado en el titular y no ha ido a los detalles. A decir verdad, en los estudios existentes (incluyendo los peruanos) se ha reportado dolor de cabeza y dolor en el sitio donde te inyectaron. Estadísticamente hablando y sobre los datos que se conocen hasta ahora, estas molestias podrían ser experimentadas por 3 de cada 20 quienes reciban una dosis. ¿Malo? No.

Yo he sido vacunado contra la influenza (recuérdenme que debo hacerlo este año), y, como saben quienes me siguen, hago algo de entrenamiento físico. Solo sentí una leve molestia cuando hice esfuerzo con el hombro donde me pusieron el piquete porque el piquete mismo sí lo sentí pero no me dolió. Luego, la fiebre, malestar u otras molestias que me advirtieron, no se presentaron. Cuando me vacunaron contra la hepatitis B, sí tuve dolor en el hombro todo ese día, pero se me quitó al día siguiente.

No digo que te vaya a pasar lo mismo a ti porque los organismos varían uno del otro en cuanto a reacciones por lo que sea; sin embargo, al menos hablando de la vacuna contra la influenza, todo ese año siguiente no me dio ni por casualidad, y eso que suelo enfermarme una o dos veces cada doce meses. Bueno, aparte que en casa comemos sano y trato de ser disciplinado con mi estilo de vida. Probablemente eso influye.

Pero de ahí a que algo terrible o malo me haya pasado, pues no, y tampoco pasó con ninguna de las enfermedades contra las que mis papás me vacunaron cuando bebé como ha pasado con millones y millones en toda la Tierra. Lo que trato de decir es que somos pruebas vivientes de que superamos los posibles efectos secundarios, si los tuvimos, y que las vacunas puestas oportunamente con la ciencia de hace medio siglo funcionaron. ¿Por qué no habríamos de confiar en la ciencia actual si se basa en los mismos principios?

Una palabra adicional sobre la eficacia. Se ha entendido el término como que se trata de cuánta probabilidad hay de que si te infectas con la Covid-19 no desarrolles síntomas. Ésa es la mitad del concepto, es decir la segunda mitad. La primera mitad es mas bien cuál es la proporción de personas que una vez inmunizadas no desarrollan síntomas por cada 100 personas ya inoculadas. La Organización Mundial de la Salud dice que el número decente es 50 por cada 100, 50%; las vacunas en fase experimental están en el orden del 61% al 95% dependiendo del fabricante.

Lo que sí se sabe por boca de quienes lo han experimentado es que dos congresistas estadounidenses de origen hispano quienes fueron vacunados contra la Covid-19 se infectaron durante o alrededor de los disturbios del 6 de enero en la ciudad de Washington, pero sus síntomas han sido leves. ¿quiere decir que la vacuna no funciona? No sabemos. La evidencia presentada por estas dos personas sugiere que en caso de infección, ésta no será devastadora.

Recordemos que un virus no muere porque ni siquiera vive. Al ser un amasijo de moléculas, proteínas y grasas; si están juntas, están activas. Si no hayan dónde reproducirse, se separan y desactivan pero no por propia deliberación sino por simple reacción química. Si fuesen bacterias, la historia cambiaría, pero las bacterias (hasta donde sabemos) no tienen libre albedrío: son parásitas y ya: no hacen fiestas Covid, ni postulan al Congreso (en teoría).

El drama de la aguja

Dicho todo esto, casi mi pregunta no es por qué hay cada hijo o hija de su madre tierra que empieza a difundir noticias falsas o inexactas, bueno, que a la larga se convierten en noticias falsas. Mi pregunta es por qué las crees.

Sobre por qué las difunden hay miles de explicaciones. Algunos consideran que se debe a que las vacunas chocan con sus creencias en lo que sea. Puede ser muy respetable pero me parece una razón política y socialmente displicente. Yo creo que si alguien te quiere convencer de que no te vacunes, con la consiguiente dosis que va a quedar sobrando, es o porque esa persona quiere la dosis que te corresponde, o porque va a terminar vendiendo esa dosis en el mercado ilegal, más sabiendo que el gobierno peruano ya dijo que las vacunas no se comercializarán porque no son las versiones terminadas sino de emergencia.

Ahora bien, pasemos a la sección por qué crees en una mentira y vamos con las dos razones más frecuentes. Comencemos con la que realmente aterra a todo el mundo y no son los efectos secundarios, sino el pinchazo. ¡Mamáaaaaaaa, una aguja!

vacunacion covid

Porque seamos honestos y honestas –y más honestos que honestas—y reconozcamos que le hemos desarrollado un pánico aprendido en nuestros primeros dos años de vida cuando nos iban a vacunar. Quien diga que iba a la posta, el consultorio o el hospital y se sentía como al comer alfajores una vez que le vacunaban, miente. Me incluyo: también le tengo miedo a las agujas.

Como te dije arriba, yo me he vacunado en años recientes, o me sacaron sangre para ver si no ando ya en el segmento triglicéridos y colesterol altos, o porque tenían que ponerme cualquier medicina o anestesia. De que aterra, aterra; pero, si lo analizamos, es un dolor que, en el peor de los casos dura 10 segundos o media canción de Cumpleaños Feliz.

Quienes limpian toda una casa, siguen lavando a mano, hacen trabajos que demandan cierto esfuerzo físico, o incluso quienes entrenamos cargando peso o haciendo gimnasia, sí sabemos de dolores, y dolores de mayor duración. A ver, ¿acaso cuando una persona hace esas cosas queda con el cuerpo resentido por lo menos medio día o un par de días en el peor de los casos? Y no es un hinconcito. ¡Son verdaderas molestias que comprometen grandes secciones musculares!

Entonces, ponte a pensar en lo siguiente: ¿por qué sí toleramos dolores más intensos de larga duración y nos hacemos un ocho cuando se trata de tolerar un hincón muy localizado que apenas si dura la sexta parte de un minuto en el peor de los casos? ¿No suena desproporcionado? Ya pues.

Es más, ¿cómo hay amigos de las pesas que están haciéndole ascos a la vacuna anti-Covid y no se les para ni un pelo cuando se inyectan esteroides que sí tienen efectos perniciosos probados? Como dije, no hay proporción, menos lógica.

Post pago y todo destino, por favor

Debo reconocer que de todos los disparates creados para desacreditar a las vacunas, el más creativo es el que dice que te van a inocular un chip destinado a convertirte en un teléfono celular. Déjenme decirles que me he reído más que con los chistes de Condorito porque es médicamente absurdo y porque ni a Julio Verne o a H.G. Wells se les hubiera ocurrido para sus aclamados clásicos.

Es más, quiero creer que alguien se lo sugirió como idea a Dan Brown pero debió descartarla en prima porque sería tan fantasiosa que todo su discurso de ficción basado en la posverdad se derrumbaría como castillo de naipes. Y la explicación es simple: una cosa tan microscópica terminaría en nuestro torrente sanguíneo, sería incapaz de implantarse, sería absorbida y degradada por nuestro estómago y terminaría en tu desagüe o poso séptico más cercano. Más creíble era el chip implantado en la nuca a la Agente Dana Scully en The X-Files pero mediante un procedimiento quirúrgico menor (ver temporadas 3 a 5).

Lo peor de todo: estamos con tanto estrés postraumático no curado, peor aún no diagnosticado, que nuestra mente no es capaz de evaluar bien la lógica de las cosas al punto de que nos plantean una ventaja competitiva como una desventaja inhabilitante y nos la creemos.

Me explico. ¿Quién de niño no soñaba con comunicarse con quien quisiera sin necesidad de usar un aparato externo como un teléfono? Pues bien, el bulo te está vendiendo precisamente una de tus más preciadas fantasías infantiles, pero como tu mente siempre está viendo el vaso medio vacío, entonces asumes la ventaja como una desventaja. Algo así como si te ofreciera un extracto natural de naranjas para que no te agripes pero alguien te dijo que eso daña el estómago, entonces vas a rechazarlo porque ya diste por sentado que te hará daño.

Y peor aún. Si te tomas el extracto a la fuerza, te va a hacer daño pero no porque el extracto sea pernicioso sino porque tu mente ya se programó para experimentar el daño. Los médicos lo llaman sugestión y hay bibliotecas enteras explicando esta reacción y la de su primo hermano, el efecto placebo, que consiste en asumir como algo positivamente milagroso un rito, alimento, procedimiento o lo que sea, pero que científicamente ni hace bien ni hace mal. ¿ejemplo? La leche enriquecida con hierro. Es otra mentira. El calcio de la leche anula las propiedades del hierro, salvo que esa leche no sea leche, pero te la tomas pensando que te da dos beneficios cuando clínicamente solo podría darte uno.

Y lo mismo va a pasar con las vacunas. Habrá gente que por fuerza irá a que la pinchen, pero con el cerebro ya preconfigurado (‘preseteado’ dirían los informáticos) a que te hará daño y entonces somatizarás tu miedo en reacciones adversas no necesariamente asociadas con lo que te han inyectado. Y solo para aclarar no hay evidencia que la vacuna te convierta en teléfono celular, te cambie el ADN o te haga más ignorante que congresista antivacuna.

Entonces, ¿por qué las mentiras nos resultan más creíbles que la verdad? Como dije arriba, hay cientos de razones, y por cada razón que aparezca es posible que tenga una explicación que la racionalice y la rebata. ¿Quiere decir que no tengo miedo? No. Quiere decir que la ciencia que me aporta la información que recibo ha superado mi escepticismo y me permite confiar. Se llama sentido común, que es consustancial al sentido de supervivencia.

La recomendación aquí es la misma de toda la vida: es válido desconfiar a la primera versión hasta que sea confirmada por o consultada en fuentes de prestigio. Y cuando haya duda, el procedimiento se repite. Eso no va a reducir la población de creadores de mentiras o de inexactitudes pero al menos les demostrarán algo: que a ti nadie te baja del palto con el primer disparate que suelta quién sabe con qué intenciones.

[Opina en mi cuenta de twitter @NelsonSullana usando el hashtag #columnaNelson]

Diario El Regional de Piura

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