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Si Papá Noel no encuentra la chimenea, quizás palanquee la puerta

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. No sé si le ha pasado a alguien más en Sullana, pero en todo caso, me encantaría compartir mi experiencia solo para poner en alerta al resto de la comunidad. El viernes 29 de noviembre, yo estaba solo en casa trabajando en la computadora, cuando escuché que alguien tocaba el timbre. Por protocolo, sea quien sea, le atendemos desde el balcón de tal modo que haya opción a cualquier maniobra de defensa.

Se trataba de un sujeto, no más de treinta años, bien vestido, con algo en la mano que, debido a la reja de la calle no me di cuenta qué era, pero me dijo que estaba buscando un iPhone (editores, me perdonan que mencione la marca pero abona al relato) que se le había caído de una mototaxi hacía un mes, y que durante esa madrugada, alguien había activado, y que, al triangularlo mediante GPS, le daba justo a mi casa como última ubicación.

En mi domicilio no hay iPhones, y el único que entra y sale es el de un primo mío, quien además es mi productor en uno de los proyectos en los que estoy trabajando, pero lo tiene hace casi un año y se lo compró por Internet. Los otros que alguna vez han estado en mi domicilio son el de una prima que vive en el sur y el de Jason Day cuando trabajábamos un proyecto juntos, pero eso fue hace como tres años.

El muchacho, que dijo apellidarse Luna, insistía en que quería conversar con alguien de la casa para poder “recuperar” su celular. Si alguien te dice eso, ¿qué sospecharías tú? Yo me puse en modo periodista y rescaté ese gran defecto que aquella mañana fue mi ventaja: mi paranoia. Le dije que allí no había ningún teléfono, y que por nada del mundo iba a abrirle la puerta para que busque alguno. “Yo soy ingeniero”, me lanzó. “Ah, qué bien, yo soy periodista”, le respondí.
Obviamente, el sujeto no me conoce, ni me lee, ni sabe que yo con eso de las profesiones me impresiono tanto o más que como con un chiste mal contado. Sigamos.

Intentando razonar con él, porque seguía en sus trece, le dije que si quería buscar lo que sea, que vaya a la policía, siente su denuncia, que haga que su denuncia suba a Fiscalía, y veremos si algún juez autoriza que abra mi puerta. Claro, si primero algún abogado no le interpone un amparo que dé tiempo para introducir una recusación porque el procedimiento llevaría vicios desde el inicio: por buscar un celular, nadie puede traerse abajo la inviolabilidad de domicilio salvo flagrante –fla-gran-te—delito, según reza la Constitución (por eso les digo que la izquierda radical no debe ganar escaños para cambiar la Carta Magna), que no era el caso porque, recordemos, el aparato se había extraviado un mes antes.

Como el solicitante no hallaba respuesta y yo veía que no quería irse, como que dijo que de allí no se movería, comencé a levantarle la voz, lo que alertó a mi vecino de enfrente quien, sigilosamente, comenzó a prepararse para entrar en acción. Yo supuse de inmediato que el paso siguiente iba a ser que esta persona pudiera intentar meterse a la casa junto con posibles cómplices. Quizás no, quizás realmente era alguien buscando su celular, pero estamos en Sullana, estamos en el siglo XXI, y evidentemente el procedimiento de reclamo –y ahí me mantuve firme—era ilegal por donde se le viera.

Me metí a mi sala, busqué mi teléfono y de inmediato llamé al 105. Digo, con toda la publicidad del Ministerio del Interior respecto a que la Policía Nacional está siempre lista para ayudar al ciudadano, confié. Mi llamada conectó y lo primero que escuché fue la grabación de que si mi denuncia era una falsa alarma, me iba a caer una multa. Comprensible. Lo apoyo, pero ésa sí era una emergencia. El 105 timbró cuanto pudo sin tener respuesta.

Entonces recordé que otra opción es el 911 que, por si acaso, ya está activo en el Perú. Igual, la grabación sobre la multa y luego timbra, timbra, timbra, timbra y cero respuesta. Me vi perdido.

Me senté en la computadora, me comuniqué con mi productora de esta columna y le pedí de favor que si tenía el número de Serenazgo de Sullana (sí, lo reconozco, no lo tengo a mano), que me lo pasara. En quince segundos, tenía el número (apúntenlo, por si acaso: 073 490 960, solo disponible para el distrito de Sullana). Llamé.

No timbraron ni dos veces, que me respondieron. Me identifiqué con mi nombre, mi DNI, mi dirección y expliqué la emergencia al estilo Twitter, en 240 caracteres, para no perder más tiempo. La operadora verificó mi ubicación, quiero creer que mi llamada fue triangulada, y me dijo que tomarían el caso. Y lo hicieron: en menos de diez minutos, una camioneta del Serenazgo estaba en la puerta de mi casa, donde mi vecino, quien ya había salido, retuvo al sujeto del iPhone perdido (astutamente, claro está) con una de esas ttípicas conversaciones “para entender el problema”.

Sí, el vecindario ya tiene un protocolo no escrito pero eficaz de auxilio mutuo, que incluye una alarma vecinal, léase una sirena de lancha que cuando suena provoca que tres manzanas completas salgan armadas de palos, huaracas, chancletas y lo más selecto de la fauna canina local. Y ésa sí que es infalible, tanto que cuando la tocan por accidente, pues… bueno, ya saben lo que pasa.

Regresamos al caso del iPhone. Serenazgo se llevó al sujeto a la Comisaría donde no sabemos qué pasó, pero el hecho es que en media hora o menos, vino en un patrullero junto a dos policías. Un momento, y aquí sí necesito que alguien me explique. O sea, yo bajo un posible riesgo dentro de mi casa por una persona desconocida no recibo una bendita atención en el número de emergencia (bueno, los números de emergencia), ¿y el desconocido a sola palabra hasta tiene apoyo del patrullero?

El comisario de Sullana me debe una explicación, no porque yo tenga una columna de opinión, sino porque quien estaba siendo abordado por un desconocido en su casa era yo (hello! Yo era la posible víctima), y como me pasó a mí, puede pasarte a ti, y probablemente no tengas un vvecindario tan alerta con el que hayas acordado jugar en pared; y la Policía, en vez de investigar antes de actuar, actúa y luego investiga.

A mí sí me quedó la sensaciónde que el desconocido quería acceso a mi casa aunque diga que no, porque hasta fue a acosar a una persona que vive con nosotros a su trabajo. Qué pasaba si mi vecino no estaba en la calle apoyando: la policía iba a ponerse en el plan de “abran la puerta a la autoridad”?

Por cierto, la Policía no puede entrar a ninguna propiedad privada sin una orden judicial y con un fiscal que verifique la diligencia, y todos debidamente identificados. La excepción a la regla es la flagrancia del delito, que no es este caso.

¿Qué creo yo que pudiera estar pasando? Pensando en términos inocentes, casi bobos: sí, en realidad podemos presumir que el chico estaba buscando su iPhone, y por el precio que uno cuesta, nadie querría perderlo. Pero pensando mal, ¿no se trataría de una forma un poquito sofisticada de asalto? Bueno, ni tan sofisticada porque es el típico esquema del “tu mamá me mandó a que me des tal cosa”.

¿Lospolicías que estaban escoltando al desconocido no se preguntaron esto o se dejaron impresionar por el hecho de que el objeto perdido era un iPhone o el argumento del “mírenme, soy ingeniero”? ¿Hacemos la prueba con un ‘chanchito’ de marca desconocida, y yo vestido de pordiosero, a ver si gastan su gasolina y me llevan a rescatar’ el aparato perdido? Digo, si es que quiero pensar bien de los efectivos.

El sábado 30 de noviembre, la propia Policía Nacional en Lima advirtió que hay personas que compran bases de datos con teléfonos, direcciones, números de tarjetas de crédito, en fin, cualquier dato, con la finalidad de sorprender a las personas haciéndoles creer cualquier cosa y perpetrar un ilícito, y diciembre es uno de los meses más esperados por quienes actúan bajo estos esquemas.

Repito: no sé si es el caso del desconocido del iPhone; a lo mejor no, a lo mejor estoy hipotetizando muy negativamente y puede que su GPS le esté dando una lectura aproximada pero imprecisa, porque según nos explicaron otros usuarios del universo Apple, sí es posible geolocalizar los dispositivos perdidos cuando intentan ser activados, pero la precisión tiene hasta cincuenta metros como margen de error; de hecho, el GPS del celular de mi hermano, que no es iPhone, lo ubica en la casa de mi vecino de atrás, donde obviamente no está.

Todo depende de la polarización y la calibración del traspondedor en tierra y en los satélites que emplea. Sí, para mala suerte del desconocido escoltado por la Policía Nacional, produzco contenidos de ciencia, así que le vienen a enseñar el Danubio Azul al que escribió la partitura.

Como digo, aquí lo preocupante casi que ni siquiera es el desconocido sino la actuación policial: no responder ni al 105, ni al 911, pero sí escoltar a quien estaba vulnerando mi casa.

Entonces, ¿de qué garantía estamos hablando? Los héroes del cuento mas bien han sido los serenos de Sullana, a quien les agradezco infinitamente, y eso me recuerda que la ciudadanía no debe ser cicatera en pagar el tributo correspondiente porque uno nunca sabe cuándo pueden salvar una vida. Hay mucho por explicar. Las autoridades tienen nuestros teléfonos. Parece que el caso va a quedar en nada. Por lo menos, si te pasa a ti, ya sabes cómo debes reaccionar.

nelson pc columnista

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