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La maratón de la abuela

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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ERP. (Por Miguel Arturo Seminario Ojeda) Imposible olvidar el 31 de mayo de 1970, en una tarde ya no muy calurosa en Sullana, ese día la tierra tembló, y yo que nunca había sentido un mínimo temblor, ese día, sin entrar en pánico, me lleve un tremendo susto, cuando andaba por los 14 años.

Mamá estaba lavando ropa en casa, el ejército de hijos que tuvo, así lo exigia. Yo había ido al mercado y estaba leyendo revistas de Vidas Ejemplares, Vidas Ilustres, Tawa, Lágrimas Risas y Amor, y otras. El dueño del quiosco era un minusválido, que a falta de asientos para más lectores nos hizo sentar a los costados del tabanco donde estaba él, a mi y a un muchacho incógnito, que debía tener mi edad.

Cuando empezó el movimiento sísmico, antes de las 15:30, yo creí que el otro muchacho estaba empujando el tabanco hacia la derecha, y él creía que yo estaba haciendo lo contrario. De pronto, como las mujeres tienen licencia para gritar y llorar frente al miedo, empezaron las manifestaciones del susto, y todos corrían al centro de la calle.

En ese momento me pareció que la tierra era de azúcar, y que un chorro gigantesco y subterráneo de agua, la desmoronaba y se deshacía por completo, confundiéndose con un profundo abismo que no tenía fondo. Pasado el susto, terminé de leer la revista que faltaba para completar la media docena del alquiler.

La abuela materna, Rosa Rey estaba en el mercado, almorzando donde una catacada que venía a vender sábados y domingos. Había pedido un poto de chicha, y tras el segundo sorbo, empezó el movimiento, y en su interior pensaba, tan rápido me he mareado, creía que era efecto de la chicha lo que le daba signos de aparente embriaguez, y solo se dio cuenta que no era eso por los gritos de la gente, y patitas pa que te quiero, salió volando del interior del anexo del mercado.

A mí abuelita le faltaban pies para salir corriendo, tiró el poto de chicha a un costado y se olvidó de pagar el consumo. Recién en su casa se percató de eso, y al siguiente domingo abonó lo respectivo a la catacada. El quiosco de las revistas estaba en la puerta del mercado, por dónde ella salió como bala de rifle, y se puso al medio de la calle. Con el susto que tenía, ella le hubiera ganado una carrera al griego Hermes en el Olimpo, y si compitiese en nuestro tiempo, habría corrido con Gladys Lucy Tejeda Pucuhuaranga, la peruana campeona de fama, y seguro que le ganaba.

De la dimensión del desastre nos enteramos días después, ya que las comunicaciones no eran como se hacen hoy, 50 años después, y en segundos nos llega la información.

Diario El Regional de Piura