“Que pa’ cuidarte yo solo tengo esta vida mía”

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. El asesinato de un ciudadano venezolano y otro peruano (que aparentemente eran amigos), ocurrido en San Martín de Porres, Lima, ha encendido las alarmas de todo el Perú. Los detalles creo que sobra especificarlos porque los medios limeños todos los días nos dan un nuevo capítulo de un serial policial real, en el que –hay que decirlo- los investigadores están haciendo uno de sus mejores trabajos para entender en qué momento lo que se advirtió se nos comenzó a escapar de las manos.

Antes de resolver mi propio acertijo, hagamos un repaso por los actores en territorio peruano conectados con la migración venezolana. Primero, vamos con la ciudadanía rojiblanca que vive una relación harto bipolar al respecto: por un lado sigue sintiendo cierta secreta fascinación por los y las ‘vino tinto’, básicamente, porque no lucen como el promedio de los y las nacionales (si no, lean los mensajes que pone la comunidad peruana de solteros, al margen de su orientación sexual, en los grupos que los venezolanos abrieron en Facebook), lo que en público se traduce como cierta incomodidad que puede degenerar en el ataque abiertamente xenófobo aunque en redes sociales, nunca a la cara pelada de la persona.

Bueno, psicología de masas, ¿no? Cuando la mancha te oculta, eres valiente; pero cuando te deja al descubierto, a ver qué haces: racista embelesado en la intimidad, nacionalista desinformado a campo abierto. Eso sí, peruanamente sexista tirando para misógino en ambos casos.

El gobierno no ha variado un ápice su política migratoria, excepto ser más exigente con los requisitos para el ingreso (pasaporte y antecedentes penales y policiales limpios), aunque ya comenzó a atisbar sus primeras intenciones de darle mejor vida al permiso temporal de permanencia. Aun así, Perú sigue liderando el llamado Grupo de Lima que ha reconocido a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela, pero que no está claro cuánto más de lo mismo resultará siendo. Particularmente a mí no me genera confianza.

La que sí me llama poderosísimamente la atención es la izquierda peruana, que estuvo entre negando la dictadura de Maduro a avivar la idea de que “los venezolanos nos vienen a quitar trabajo”, y ante los actos delincuenciales, que precisamente serían su banderita para echarnos en cara nuestra hospitalidad, está absolutamente callada. Claro que está viendo lo de la composición del Tribunal Constitucional, pero la tensión política sigue siendo la misma, y aun así han tenido tiempo de salir a ondear su bandera. ¿Qué pasó? Tengo una pista que les daré más adelante.

Sobre los operadores de justicia, ya dije que la Policía Nacional ha comenzado a hacer algo que lo hace con calidad: investigar con dedicación y resolver un crimen. Sería bueno que esa misma dedicación le pongan a todos los crímenes que se reportan a diario, al margen de quién los haya cometido. Sobre el Ministerio Público y el Poder Judicial, todavía no la tengo muy clara y en todo caso se los diré cuando pasemos la parte difícil; por ahora, tienen una actuación desconcertante, como suele pasar cuando los medios no presionan.

Y bueno, es evidente que la actitud favorable de los medios nacionales sobre la migración venezolana llegó a su parteaguas. Adiós a las historias del drama humano, y por lo visto ahora la tendencia será poner en portada ésas otras que no deberían enorgullecer a nadie. Sí, los medios solemos ser muy volubles con esa categoría periodística llamada interés humano: cuando vende, se publica.

La diáspora venezolana en Perú, mayormente concentrada en Lima, ha seguido con la política del buen vecino silencioso en su mayoría, esto es, bueno, sí, estamos aquí pero hagan de cuenta que no nos vieron. Aunque mucha está precariamente empleada rozando casi con la esclavitud (costumbre peruana que jamás evolucionó desde la migración china del siglo XIX), , ha preferido integrarse lo menos posible a la comunidad peruana; aunque en espacios pequeños como Sullana, no han tenido mucho éxito en ese propósito, y en cierto modo son una parte amigable de nosotros, y no hay mayor drama porque toda la vida hemos estado acostumbrados y acostumbradas a interactuar con gente de otros países debido a nuestra ubicación en el mapa peruano.

Sí, es cierto que algunos instalaron campamento junto al león del Óvalo Turicarami, pero no tenemos indicadores de mayor movimiento, aunque sí una justificada necesidad de conseguir trabajo, igual que con quienes hemos nacido aquí. En otros lugares más al sur pero todavía al norte ya están siendo objeto de redadas por el tema de los documentos y es probable que sea una tendencia sostenida durante las próximas semanas, a menos que la misma diáspora tome parte activa en la discusión nacional, cosa que me parece saludable, como lo ha entendido la ONG Acción Venezolana. Incluso ha ofrecido trabajar con el Ministerio del Interior peruano con el fin de identificar a los venezolanos que no migran con las mejores intenciones, y que están impulsando una nueva actividad laboral que solo se veía en la frontera México-estadounidense: el “coyotismo”.

La actitud venezolana de encerrarse en una especie de ‘ghettos’ (usando como mantra eso de que solo están de paso mientras cae Maduro, que no hay cuándo caiga) no fue la mejor forma de empezar su vida en un nuevo país; por el contrario, alimentó la desconfianza, la ignorancia, el miedo y las actitudes discriminatorias peruanas. Ahora que esa mayoría trabajadora o emprendedora necesita un voto de confianza, será un poco más complicado que lo obtenga.
Ojo, no estoy echando sal ni sugiriendo nada; lo que estoy diciendo es que sus propios paisanos pioneros en Perú les recomendaron ser parte de nuestra comunidad, no hacer su comunidad aparte, y ahí están los resultados.

Por lo pronto, la diáspora venezolana residente en la ciudad de Piura ya se autoconvocó para el miércoles 25 de setiembre con el propósito de deslindar contra la delincuencia cometida por algunos de sus paisanos, declarar que se somete a las leyes peruanas de migración, y respaldando la política nacional que protege los derechos de mujeres, niños, niñas y adolescentes (se les comenzó a acusar por participación en los esquemas de trata de personas disfrazados de mendicidad). La verdad es una buena movida y mi sugerencia es que no sea flor de un día.

Dicho todo esto, entendamos por qué a las autoridades peruanas se les escapó esta situación de las manos. Cuando la primera ola de migrantes venezolanos vino al país huyendo de la crisis humanitaria creada por el chavismo, lo que inmediatamente hizo fue emprender y ser económicamente independiente, algo que eventualmente lo ha conseguido a lo largo del país; y quien no haya ido a una barbería, pues no entenderá de lo que hablo.

La segunda ola básicamente vino a pedir trabajo a la primera y a quienes ya estamos acá, y ahí comenzó el desbarajuste cultural-laboral que se fundamenta en que Venezuela sí reconoce ocho horas exactas y cada quien a su casa, mientras que en Perú (como en muchos países del mundo) lo de las ocho horas es algo relativo porque solemos trabajar a destajo, ya que muchos somos nuestros propios jefes.

Una de las razones de que estas dos primeras olas han logrado emprender o engancharse laboralmente es que muchos en su país han sido profesionales o técnicos de alta calificación, y comparando con los perfiles peruanos, sobrecalificados incluso. Hemos llegado a tener cuadros del tipo ingeniero especializado en aeropartes comerciales vendiendo jugo de frutas en un balde por estas calles (sic). La respuesta es la misma: o eres resiliente ante tu propia crisis, o algo malo podría pasarte si no chambeas.

La tercera ola ya no ha podido engancharse laboralmente, sea porque los puestos ya están copados o (como ha pasado) no han querido tomar los disponibles. La mayoría se está dedicando a la mendicidad, y hay una minoría que ha venido al Perú con la expresa intención de relanzar los “negocios” turbios que desarrollaban en su país, básicamente ligados a la criminalidad. Y este puñado es el problema.

Lo perturbador del caso es que los venezolanos de la primera y la segunda olas sí nos advirtieron, sí nos dijeron, sí nos aconsejaron precaución con la tercera ola. Sí, suena feíto decirlo, pero seamos justos: sí nos previnieron que entre la gente que busca oportunidades iban a incrustarse muchos y muchas delincuentes que en su país, incluso, gozan de cierta impunidad por pertenecer a los llamados “colectivos”, hordas que apoyan a Nicolás Maduro contra los “guarimberos”, una suerte de ronda urbana que protege ciertos barrios de clase media básicamente para no ser saqueados.

Estos colectivos han sido motorizados y armados hasta los dientes por el chavismo, y su función es la de actuar como fuerza de choque cuando la oposición democrática sale a las calles venezolanas a pedir justamente eso: democracia. Su consigna es disparar a matar.

De hecho, una de las detenidas por la Policía Nacional del Perú durante la investigación del caso San Martín de Porres aparece en sus redes sociales vestida con un uniforme de la Guardia Nacional Bolivariana, la policía chavista. Salvo que haya sido una fiesta de disfraces, se entiende por qué la primera y la segunda ola de migrantes nos dijo que tengamos cuidado. Y eso, perdonen, explicaría por qué la izquierda peruana ha cerrado la boca.

Sí, suena a teoría de la conspiración, pero si analizamos la conducta del bloque socialista prochavistón peruano vamos a hallar más de una actitud sospechosa. Así que mal haríamos en votar favoreciendo a quienes salgan con poses mesiánicas pero tengan evidentes conexiones con el Palacio de Miraflores, la sede del gobierno venezolano. Y, ojo, eso no lo ha dicho ningún internacionalista peruano, líder de opinión latinoamericano o experto estadounidense; eso lo han dicho los venezolanos de la primera ola: si votamos por la izquierda y sus promesas de vida resuelta haciendo nada, terminaremos como, o peor que Venezuela.

crimen en san martin de porresImplicados en crimen de San Martín de Porres | Foto: Internet Medios.

Otrosí agrego: sin llegar a los niveles de la “migra” estadounidense, la Policía Nacional peruana está comenzando a pedir documentos a cuanta persona se le cruce delante, y no podemos culparles. La delincuencia siempre va a ser un problema de seguridad ciudadana, pero cuando bandas de otro país quieren exportar su “modelo” al nuestro, esto ya es un problema de seguridad nacional, y nuestras fuerzas del orden son el primer filtro. Hasta ahora lo están haciendo excelente. Así que no refunfuñes, carga tu DNI hasta para ir al baño y todos contentos, todos felices.

Por supuesto, esto ya comenzó a generar ansiedad a la diáspora venezolana en Perú, que teme un efecto “migra”, como el que atemoriza a los hispanos con documentos en trámite o sin documentos viviendo en los Estados Unidos. Es un escenario posible, pero al menos este gobierno no piensa emplearlo; sin embargo, no faltará un populista peruano que por ganar votos toque la fibra xenófoba. Bueno, en el Perú somos tan primitivamente básicos que nos tocan cualquier fibra discriminatoria y respondemos con eficiencia, especialmente si nos cuentan el de la caperucita roja en Facebook.

Y aquí la primera cosa sobre la que no debemos perder la perspectiva, ni caer en prejuicios ni estereotipos: si bien los medios estamos hace tiempo informando que hay delincuentes venezolanos, esto no quiere decir que todo migrante lo sea. No, señor; no, señora. Los delincuentes en nuestro Sistema Solar vienen de todos los tamaños, todos los sexos, todos los colores y todas las nacionalidades, así que no sesguemos. Esto no tiene nada que ver con los míos, los tuyos y los nuestros (Cristina Saralegui dixit), sino con quien es persona honrada y quien no lo es. Y se acabó tu tía.

Segundo, y como me lo consultaba un buen amigo (peruano, por si las moscas), una de estas noches, cuál sería mi consejo como comunicador ante este escenario un poco más complicado. Simple. Añadiendo el párrafo anterior de que las personas nos portamos correctamente o no nos da la gana hacerlo al margen de nuestras circunstancias, poner la línea bien definida entre ambos grupos. Los honestos siempre se juntarán con los honestos, y los que no, bueno, Dios los coja confesados. Que los otros van a atacar a los primeros, sí, lo van a hacer como lo hicieron toda la vida, incluso cuando solo lidiábamos (con relativo éxito) con los nuestros).

A continuación, como le conversaba a mi amigo, seguir siendo la gente de gestos hospitalarios, porque la hospitalidad no cuesta nada y mas bien da grandes ganancias a largo plazo; seguir siendo amables y empáticos por la simple razón de que la vida es cíclica (lo que ahora se enaltece será humillado luego, y viceversa); y si pensamos con cabeza fría y creemos que podemos entablar una amistad, adelante. El ser humano nunca de los nunca debe reprimirse la oportunidad de ser hermano con la humanidad por el puro y cristiano hecho de que somos humanos.

Finalmente, a los medios nos tocará seguir contando la historia en la que siempre habrá héroes y antihéroes, muy al margen de si tengan DNI, cédula, licencia de conducir, carnet de votante, salvoconducto, código de barras, pulsera de neutrones o ninguna de las anteriores. Eso de que los buenos somos más no solo aplica a los venezolanos, ni solo aplica a los peruanos; debería aplicar a todos los latinoamericanos, y por extensión a todos los seres humanos… bueno, y otras formas de vida amistosa terrestres o no también. Construyamos juntos que unidos siempre seremos mejores y poderosos.

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