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Sí, es tiempo de crisis; pero igual se les debe evaluar

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Una de las historias que más nos ha conmovido (y quien no, busque psiquiatra) durante toda la emergencia debido al nuevo coronavirus es cómo muchos niños y muchas niñas salían de sus casas en zonas rurales y buscaban sitios donde hubiese una señal celular (cobertura limitada gracias al colectivo antiantena, ojo a ese detalle) para que pudiesen seguir sus clases, como ha pasado en el distrito de Huarmaca, aquí en la provincia piurana de Huancabamba.

En la antípoda, tenemos a ciertos y ciertas escolares en zonas urbanas ampliamente conectadas por varias redes móviles y hasta de fibra óptica, quienes simplemente no les da su reverenda gana asistir a sus aulas virtuales.

Dejémonos de una vez de esa hipocresía que genera una falsa compasión, y enseñemos a esta futura ciudadanía que nada es gratis en la vida, aunque nos digan que es gratis. Estos tiempos son de competitividad, y aquí surge quien sabe cómo superar sus dificultades de manera creativa, sostenible, eficiente y sin generar daños a terceros. Cualquier otra filosofía facilista francamente vende humo, y ni eso siquiera.

Por eso, las declaraciones que el ministro de Educación, Martín Benavides, dio a fines de mayo a Radio Exitosa y en un foro virtual de RPP la segunda semana de junio, indicando que se estudia la posibilidad de que todo el alumnado pase de año es, a mi juicio, un premio suma-cum-laude a la holgazanería, un despropósito populista.

Como sabemos, el nuevo coronavirus se contagia cuando las personas estamos a menos de un metro de distancia, y los salones de clases (como otros puntos de aglomeración colectiva forzosa) son espacios de alto riesgo sanitario. Por eso se cerraron los colegios y se pasó a la estrategia que ahora conocemos como “aprendo en casa”, la instrucción educativa mediante radio, televisión o Internet.

Mientras se adecuaba la metodología y todo el mundo se hacía a la idea de que el contacto en persona no era una opción negociable, pasó un mes aproximadamente, hasta que por fin todo ese mundo se conectó para seguir recibiendo clases de manera remota. La premisa es que, como todo el Perú está en cuarentena, y ésta prohíbe que menores de edad salgan de casa, sí o sí se les iba a encontrar en un solo espacio físico donde pudieran seguir recibiendo su instrucción. Hasta ahí, todo parecía resuelto.

La pregunta vino cuando padres y madres quisieron saber cómo se realizarían las evaluaciones. Como supimos hasta el año pasado, dabas tu examen, el o la profe lo corregía, te daba la calificación y ésta se ingresaba a tu récord para obtener un promedio. Todo en papel y en persona. El truco era cómo transferir el mismo proceso físico y presencial a lo virtual. Algunos colegios lo vieron fácil en tanto su personal de sistemas adaptó tan rápido como pudo exámenes totalmente en línea, y asunto resuelto; pero la gran mayoría no tiene ese personal a mano y el Ministerio de Educación parece no tener las cosas claras al respecto tampoco.

Incluso, al ministro Benavides se le ocurrió declarar que no es momento de generar estrés con el asunto de las evaluaciones, lo que, personalmente, no sé si significa que está pensando en la estabilidad emocional del estudiantado o anda más perdido que Hombre araña en historieta de Batman y dijo lo primero que se le vino a la cabeza. Espero que no porque todo educador o toda educadora sabe que no basta con transferir conocimiento, sino que requiere verificar si eso ha producido aprendizaje o al menos un cambio de actitud.

Incluso en entornos no magisteriales, la palabra evaluación nos permite comprobar si nuestro trabajo ha dado resultados aplicando criterios de cantidad y calidad, así que obviar el paso es antinatural, por decirlo menos; y en los últimos años, la palabrita ésta es clave para que accedas, continúes o asciendas. ¿Sí o sí?

Sobre el nivel de estrés, incluso para una persona en postgrado una evaluación no es un momento distendido porque implica explorar en lo que sabes para demostrar hasta qué punto lo sabes, y porque eso forzosamente necesita ser calificado por tu capacitador, maestro o instructor para ir midiendo tu progreso.

Sucede en el salón de clases, sucede en la Internet, sucede en la vida diaria, y es un paso que de todos modos tenemos que afrontar y enfrentar; básicamente tus escenarios posibles son tres: superas, necesitas afianzar, no superas.

¡El ocio al poder!

No me parece una buena idea que el ministro de educación sugiera, ni por chiste, el aprobar automáticamente a todo el alumnado tomando como justificación el contexto del nuevo coronavirus porque en la práctica está haciendo una invitación oficial a la deserción escolar, virtual pero deserción escolar al fin y al cabo.

He conocido las redes que se usan para la educación no presencial, y la actitud de los chicos y las chicas es realmente preocupante: clases con hasta cuarenta personas matriculadas tienen asistencias que apenas si superan la mitad. Y hablo de colegios privados, por si acaso, en los que se asume que tienes mejores condiciones económicas para sostener, al menos, una conexión de Internet.

Claro que existen alumnos y alumnas cuyo ancho de banda no es óptimo (de nuevo, por fina cortesía del colectivo antiantena), pero son la décima parte o menos, y con ellos y ellas se provee el contenido mediante mensajería como el WhatsApp o el correo electrónico; y aún así, fíjense que son los casos que entregan sus tareas a tiempo y es posible ir evaluando su avance oportunamente.

A propósito, la conducta de ciertos alumnos y ciertas alumnas, si fuese en un salón de clases universitarias como a las que yo asistí, hubiese generado la molestia del catedrático o la catedrática, al punto que les hubiese expulsado y les hubiese jalado con un cero que no se lo quitaba ni Martín Vizcarra aplicando indulto, y ve de dónde sacas la cantidad de puntos que necesitas para graduarte. Total, eres más productivo con la gente que realmente te participa. Sigamos.

Si ya en un entorno neorregular tenemos un nivel alto de deserción, o por lo menos hablando del ejemplo que a mí sí me consta personalmente, la política de ‘aprobemos a todos’ me dejaría como escenario que la clase se me reduciría en otro 50%; y como el 75% ausente sabe que igual le pondré un 12 ‘más que sea’, ¡listo!, ¿pa’ qué seguir estudiando, papá?

Me perdona el ministro Benavides, pero pensar en su opción no es un acto de compasión, o quizás sí, de compasión engañosa que no tiene una reciprocidad en la actitud del o la estudiante, algo que, siquiera, a mí me diga que vale la pena dar ciertas concesiones.

Vamos a los sistemas educativos a distancia o virtuales prepandémicos. Si no te presentabas a dar el examen, no presentabas el trabajo, no participabas, y encima te aparecías cual lechuga a reclamar una nota, simplemente no procedía: desaprobabas. Lo mismo debería suceder en este entorno. ¿Por qué? Porque si alguien no estudia y le apruebo, lo que le estoy diciendo es que su holgazanería o incomprensión son lo mejorcito que hay en este mundo.

Si eso es la nueva normalidad en términos educativos, se justifica por qué una estación de radio en Puno está pidiendo la renuncia del titular de cartera. Entonces no, señor Benavides, salvo que en sus cursos a distancia le hayan regalado la nota y eso quiera aplicarlo al sistema educativo peruano, lo que va a formar es toda una generación de personas a las que les enseñemos a no luchar por un objetivo. Y todo el mundo estamos luchando como podemos por salir de una pandemia, algunos con éxito, otros ahí con golpes y heridas, y otros simplemente no lo estamos superando.

Por lo tanto, decirle a todo el mundo que, independientemente de cuánto se haya esforzado, el esfuerzo vale lo mismo, es hacerle un gran daño a estudiantes, docentes, padres y madres. ¿O acaso usted cuando se portaba mal su papá o mamá le daba de regalo un crucero todo pagado por el Caribe? Si es así, de veras, chau.

Lo que debió decir Benavides, o quien lo reemplace, es que se podría adaptar la metodología de evaluación al sistema no presencial del mismo modo que ya lo han adoptado (hace décadas) los sistemas de educación a distancia, respetando la misma flexibilidad que se aplicaba en la educación básica regular hasta el año pasado, atendiendo a la realidad del grupo de estudiantes: no es lo mismo calificar en un área metropolitana costeña de 210 mil habitantes como Sullana que calificar en una localidad de 1200 como Pueblo Libre de Malingas. ¡Igualito al entorno no presencial!

La nueva normalidad nos exige enterrar dos metros bajo tierra al populismo. Y eso significa no educar a la nueva generación a seguir recibiendo el pescado regurgitado en su boquita abierta sino a enseñarle a pescarlo y prepararlo de una forma rica, innovadora y nutritiva, especialmente en tiempos de crisis, señor ministro. Especialmente en tiempos de crisis. Luego no queremos verlo con su cara larga cuando el Perú se convierta en un país donde la ignorancia es la norma y la sapiencia es, mas bien y como pasa ahora, el ‘pecado’.

[Opina en mi cuenta de Twitter @nelsonsullana usando el hashtag #columnaNelson]

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Diario El Regional de Piura

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