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¿Furia de titanes? No. Pleito de tontones

Nelson Peñaherrera
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ERP. Hace unos días cuando chateaba con un talentoso colega más joven, me planteaba los nombres de dos políticos locales pidiéndome que le indique cuál gozaba de mi simpatía para un cargo de elección popular. Siendo honesto, ninguno de los dos me convencía, y le dije que prefería una tercera opción que nada tenía que ver con política ni local, ni regional, ni nacional. Simplemente no era política y punto.

Por: Nelson Peñaherrera Castillo

Aunque su pregunta me pareció incisiva, lo que me da gusto, también me dio un indicador de a qué juego quiere jugar cierto periodismo de cara a los próximos comicios electorales, y éste es la polarización. Es cierto que nuestro sistema exige que optemos por una ssola persona (y debería también instarnos a hacernos responsables si acaso la elección que hacemos es desastrosa), pero creo también que las reglas de ese juego no están siendo dictadas por el periodismo sino por una fuente ajena a él.

Para comenzar, el ejercicio del periodismo no es A o B; como diría el comediante colombiano Andrés López (cuando hablaba de las generaciones por edad), es como toda la página del Excel, desde el A hasta la doble Z y desde el 1 al infinito. Y nuestra chamba, en términos de política, debería ser enseñarle al público toda la hoja de cálculo para que opte por la celda de su preferencia.

Sin ánimo de disculpar al periodismo ni menos a mi joven colega (aunque creo que me estaba sondeando para otra cosa, pero vamos al análisis), el juego de la polarización es el de cierta política que gana réditos acentuando el conflicto: tienes que ser blanco o negro, no se te permiten tonalidades de gris, y eso es peligroso porque en lugar de promover sabias decisiones, desencadenamos destructivas pasiones.

Como planteaba un amigo mío, que no es periodista ni afín, en un artículo publicado en su blog, qué pasaría si no quiero optar ni por A ni por B, quizás tampoco por C, o peor aún no quiero optar. ¿Me hace mejor o peor que mis pares? Él dice que no, que simplemente es tu rango de decisiones, queda en el terreno de tus opiniones; por lo tanto, puede gustarle o no gustarle al resto, pero el resto no tiene derecho a encasillarte ni rechazarte por sacarle de sus casillas. Por algo nuestro sistema de gobierno se llama democracia, salvo mejor e ilustrado parecer.

En ese sentido, la política en sí misma es conflicto, pero –siguiendo el razonamiento de mi amigo no-periodista—una cosa es que no estemos de acuerdo, otra distinta es que nos agarremos de las mechas a ver quién se queda calvo a la fuerza antes de tiempo. Sí, señor; sí, señora: controversia y violencia no son sinónimos, y si alguien quiere decirnos que sí, ¡ojo!, no es política sino fanatismo, sectarismo, extremismo… una suerte de terrorismo politiquero.

Si alguien mesale con el cuento de que se trata de algo parecido a un partido de fútbol, perdonen, pero al menos los periodistas deportivos que sigo han logrado lo que ningún político, ni analista político, ni periodista especializado en política ha logrado: unificarnos bajo una sola bandera y estimular nuestra identidad nacional. Es más, yo sigo y admiro a Paúl Pérez (por mencionar un nombre) debido a sus análisis agudos en el fútbol (aguanta, ¿yo escribí eso?), pero cuando lo escuché cubrir elecciones generales (las de presidente y congresistas), me pareció el tipo más correctamente objetivo que podías encontrar en dos mil kilómetros a la redonda.

Aunque también está el otro extremo, cuando el periodismo se convierte en caja de resonancia de las palabras dulcificadas que la política usa mal para vender una falacia como si se tratara de un dogma irrebatible, al punto que cuando tú pones los puntos sobre las íes quedas como el malo de la película.

Y creo que esto surge cuando periodismo y política no deslindan límites en su estilo de comunicación: al periodismo le toca contar la verdad como es, de exponerla tal cual por cruda que parezca (lo sentimos); en cambio, la política a veces se sirve de la mercadotecnia (lo que no significa que la mercadotecnia sea mala) para construir discursos llenos de eufemismos que solo doran la píldora, hacen que la muerte sea menos dolorosa.

Así que cuando un o una periodista trata de ser dulce hablando sobre política (lo que no quiere decir que sea la persona más desatinada e insensible tratando esos temas), una de dos: o está repitiendo un libreto, o está usando la profesión para catapultarse a otras esferas que le lleven de ser un medio a una fuente. El público se merece transparencia ante todo, creo yo.

Entonces, el trabajo del periodismo en periodo preelectoral y electoral no es hacerle el juego a las campañas políticas, que legítimamente pueden plantear sus agendas. El trabajo del periodismo es mas bien ampliar la agenda, mostrar la diversidad, señalar si acaso hay conductas antidemocráticamente delincuenciales o delincuencialmente antidemocráticas: levantar la voz cuando la violencia y la bribonería quieren naturalizarse como una forma de contrato social.

Una segunda reflexión de esa charla con mi joven colega, y que se resume de lo anterior, es que en todo caso el trabajo del periodismo, la agenda del periodismo es plantear prioridades. Por ejemplo, ahora mismo, nuestra prioridad obvia es ver cómo salimos vivos y vivas de la pandemia por el coronavirus. O sea, no necesitamos mucha ciencia al respecto ya que esta crisis nos ha tocado de forma directa o cercana, si es que no nos ha infectado específicamente.

Está claro que la agenda política, al menos en el Perú, frente a la pandemia no es salvar la vida de los peruanos y las peruanas. Mentira. La agenda de la política en el Perú frente a la pandemia es demostrar quién tiene más poder para ganar votos en los comicios de 2021, no importa si para eso se llevan de encuentro a ministros o el propio presidente del país. Es un mezquino juego de poder en el que se invocan supercifras… aunque la tasa de letalidad sigue disminuyendo cada vez que le agregan un paquete adicional.

Si alguien me demuestra que un o una congresista quiere salvar la vida de un o una connacional para que no fallezca por Covid-19, yo le demuestro que Manco Cápac y Mama Ocllo lograron bucear todo un día en el Titicaca sin escafandra y sin morir de hipotermia. Mas fácil sería demostrarle que antes de salvar una vida, quieren asegurarse un voto.

La razón por que la política peruana quiere ganar votos tiene que ver con meterle oxígeno a sus agrupaciones u hordas partidarias (no a los o las pacientes con insuficiencia respiratoria), y en el peor de los casos asegurarle un sueldo a sus cabezas de lista, porque no aprendieron a hacer otra cosa en la vida, no tienen una carrera, no tienen renombre, no tienen reconocimiento, tienen apetito de poder. Y el problema es que a esa gente le estamos haciendo el juego, ojo.

Repito: no digo que la política esté exenta de conflicto por el simple hecho de que ni tú ni yo –bendito Dios por eso—pensamos igual. Pero si dejamos que la política ahonde nuestras diferencias, la verdad que somos un reverendo par de tontos. Lo que deberíamos es ver cómo en medio de nuestras oposiciones, somos capaces de establecer y respetar consensos. Y si el periodismo no apunta a este objetivo específico, que luego no se lamente si sufre de una crisis de credibilidad.

Por último, las opciones que mi colega me ha planteado son caducas, la verdad, porque o ya cumplieron su ciclo, o porque cuando tuvieron la oportunidad no trabajaron para servir sino para servirse o servir a sus patas. Hablaba estos días con otra persona que estuvo en política y ahora le agarró alergia porque se dio cuenta que, al menos en nuestra comunidad (y que creo pasa en muchas comunidades), no le permitió ayudar a la gente… bueno, salvo si era la gente cercana a la autoridad de turno. Y eso no es política.

Como le decía, no fue el peor momento de su vida, como lo califica, en todo caso fue un tiempo que le sirvió para aprender y transferir ese aprendizaje en carne propia a la formación de nuevas generaciones para que no cometan las tonterías que estamos cometiendo hasta este mismo momento. Educación Cívica, en otras palabras.

No con estas exactas palabras, pero en una de nuestras últimas charlas, recuerdo haberle mencionado que la política no se escribe en letra gótica sino en tipo Arial tamaño 11. Quien pueda ver más allá de lo evidente sin necesidad de espada del augurio ni ayudas psicotrópicas, que lo vea.

Si el periodismo, a pesar que no es parte de nuestra chamba, se une a ese esfuerzo de educar ciudadanía para que tome buenas decisiones y establezca la agenda que los políticos deben cumplir (si no, se van del cargo), entonces realmente estará haciendo una diferencia positiva en nuestras vidas. Pero polarizar, colegas, perdonen, no seamos tontos útiles.

[Opina en mi cuenta de Twitter @nelsonsullana usando el hashtag #columnaNelson]

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